UÉ más queréis saber? Miguel se tambaleó como el atleta que recibe un golpe en medio de la frente; pero no vino al suelo. En la obligación ineludible de proteger al inocente niño que perdía á su madre cuando comenzaba á balbucir su nombre, halló fuerzas para vivir. Su historia, poco novelesca, se hace menos interesante aún desde entonces. Redúcese casi toda á meditaciones, dudas, esperanzas, abatimientos y borrascas que no salen de los senos arcanos del espíritu. Su relato sólo puede interesar al psicólogo. Abreviemos, pues, esta larga y fatigosa narración.
Consagró la vida entera á su hijo. El trabajo y el estudio, si no aplacaron su dolor, le distrajeron á ratos, dándole también más elevación: trasformóse con los años en honda y grave tristeza que no le quitaba ni espacio ni serenidad para pensar. Ni de día ni de noche se apartaba de su niño. Así que pudo, le llevaba muchas veces con él á la oficina. Colocábalo frente á sí para que, al levantar la cabeza, sus ojos tropezasen con aquel rostro diminuto en el cual buscaba con ansiedad rasgos, gestos, lineamientos de otro que tenía grabado con cincel en el alma. Si querían hacerle feliz por un instante sus amigos, no tenían más que asegurarle que el chico sería con el tiempo un vivo retrato de su madre. En cambio, si alguno le decía que iba á parecerse á él, quedaba triste y meditabundo largo rato. ¡Cuántas veces, sorprendiendo en sus labios ó en sus ojos alguna mueca peculiar de Maximina, hubo estallado en sollozos! La inocente criatura le miraba entonces sorprendida y aterrada, hasta que su padre le cogía en brazos y le decía besándolo apasionadamente:—«¡Dichoso tú que no sabes lo que has perdido!!»—Llevábalo también muchos días al cementerio y le hacía besar después que él la lápida del nicho donde su madre yacía. ¡Oh, si aquellos besos no se filtraban por el mármol y hacían temblar de gozo las cenizas de la niña de Pasajes, bien podéis asegurar que nada en el mundo conseguiría ya removerlas!
No solamente en el hijo veía la imagen viva de su esposa. Cualquier espectáculo grande, cualquier acción heroica, cualquier rasgo de caridad, cualquier obra de arte, sobre todo de música, se la traía súbito á la imaginación y con ella las lágrimas á sus ojos, como si aquella criatura, que ya no existía, estuviese aún unida á todo lo que de noble, hermoso y elevado guarda la tierra. Por eso repitió cuanto pudo estas emociones. Cultivó y acendró el sentimiento religioso, desfallecido algunas veces, pero no extinto jamás en su espíritu; amó las artes; buscó la amistad de los buenos.
Andando el tiempo, aquel Mendoza, su amigo, con quien no había vuelto á hablar desde que, arruinado, se había ido á vivir á Chamberí, llegó á ministro. A nadie le sorprenderá seguramente. Dadas ciertas premisas, las consecuencias son inevitables. Y cuando fué ministro le pasó un recado, no sabemos si por generosidad ó por egoísmo, preguntándole si quería ser su secretario particular, conservando además la plaza en el Consejo de Estado. La carne, flaca, quiso rebelarse un instante oyendo tal proposición. Sin embargo, logró dominarla en seguida y aceptó. Hacía tiempo que á fuerza de llorar y meditar, su vida interior se había emancipado del imperio del orgullo. Tras de terribles sacudimientos, su alma logró romper las cadenas que la ligaban á las pasiones terrestres. Aprendió, para no olvidarla ya jamás, la verdad sublime que eternamente flotará sobre la ciencia humana y será el compendio de todas las verdades, la negación de sí mismo.
Desde que pisó el suelo sagrado de la libertad, su existencia comenzó á deslizarse serena en medio de un reposo dulce y tranquilo. En el piélago de las pasiones humanas, en el torbellino de sus propios sentimientos, tuvo al fin la fortuna de hallarse á sí mismo y comprender lo que era. Su único pensamiento desde entonces fué avanzar más y más por el camino de la libertad, hasta que sonase para él la hora de la emancipación suprema. El solo y más ardiente deseo de su vida fué poder amar la muerte. En tanto, empleó la fuerza santa y divina de la imaginación en crearse un mundo particular y libre donde vivía con su esposa, en la misma dulce comunidad de otro tiempo, compartiendo con ella su amor y sus penas. Al terminar cualquier acto de la vida, nunca dejaba de preguntarse: «¿Lo aprobaría Maximina?» Diariamente se confesaba con ella y le comunicaba los más íntimos secretos del alma. Y cuando tenía la desgracia de caer en el pecado, se apoderaba de él una turbación profunda, pensando que aquel día se había alejado un poco de su esposa. De este modo, participando como criatura divina del augusto privilegio de Dios, logró prestarla nueva vida, ó, por mejor decir, que no muriese jamás.
Mas como criatura humana también, su espíritu fué sacudido más de una vez por el huracán de la duda. Padeció los crueles asaltos de la tentación y vaciló como el Hijo de Dios en el huerto de Gethsemaní. ¡Horas de agonía que le dejaban hondamente impresionado y mermaban sus fuerzas si no las abatían por completo! Asistamos á una de ellas.
Después que salía del Ministerio ó del Congreso, Mendoza acostumbraba á pasearse en carruaje descubierto por el Retiro. Miguel le acompañaba. Al cabo de un rato de deslizarse entre la balumba de los coches, el Ministro solía marearse y quedar amodorrado y aun dormitando, mecido por los blandos vaivenes de la carretela. Miguel, ajeno casi siempre á las curiosidades y galas del paseo, con los ojos fijos en el cielo ó en el paisaje, meditaba.
Era una tarde suave, la más suave y esplendorosa que la primavera había otorgado aquel año á los madrileños. El sol se estaba acostando. Por el balcón abierto entre los árboles sobre la vasta llanura de Vallecas, nuestro secretario le veía descender majestuosamente sobre el borde de una nube dejando estela de oro en la tierra.
Arrastrado por el curso de los pensamientos que á menudo le dominaban, se puso á considerar el tiempo que de aquel modo ardía en el espacio, y la región misteriosa del cielo hacia donde nos llevaba en su marcha violentísima; de dónde se había desprendido aquella masa inmensa; cuándo y de qué modo se extinguiría su luz. Pensó que su historia, por larga que parezca, no es más que un instante en la historia de la Creación. En los infinitos mundos que eternamente se están formando y extinguiendo, ¡qué papel tan insignificante hará este pobre sol que para nosotros es primer actor! ¿Por qué entonces nos parece tan grande y tan bello? ¿A quién se lo parecía antes que nosotros existiésemos? Esta madeja de oro, como la llaman los poetas, ¡cuántos miles de años se estuvo derramando por la tierra, sin acariciar otras cabezas que las de los saurios gigantescos, pterodáctylos, magalosauros, y otros monstruos horrorosos! ¿El velo que oculta los misterios infinitos del espacio, se descorrerá algún día? ¿Habrá seres que los comprendan ya? Abismado en tales reflexiones, en extática contemplación del horizonte, á lo cual se prestaban las frecuentes y largas paradas que el coche hacía, pasó largo rato. Cuando salió de su éxtasis, y puso los ojos sobre la multitud de trenes que en aquel sitio delicioso se estrujaban, le causaron la misma impresión que si viese un hormiguero. ¿Y qué otra cosa era aquello, salvo que las hormigas en vez de trabajar se paseaban? Al lado suyo se apiñaba una muchedumbre de animales atómicos, con la vista fija en la tierra, arrastrados por otros animales, á quienes habían hecho sus esclavos. ¡Pero también las hormigas poseen esclavos! Todos, lo mismo los amos que los caballos, tenían traza de creer que el mundo eran ellos, y nada más que ellos. Y sus proyectos, sus deseos, sus amores, sus restaurants y sus piensos, el único y más alto fin de la Creación. Sólo allá, entre los peones, vió un rostro pálido, adornado de luenga barba blanca, cuyos ojos tristes y soñadores se dirigían también al firmamento. Al pasar á su lado, aquel rostro le sonrió afectuosamente. Miguel le contestó diciendo:—«Adiós, D. Ventura». Era el más tierno y espontáneo de los poetas españoles, el insigne Ruiz Aguilera. Después, sus ojos se convirtieron á Mendoza, que dormía deliciosamente. Le miró con atención algunos momentos y le acometieron ganas de reir. ¡Pobre hombre! se cree en el pináculo de la gloria, porque dispone, durante algunos meses, de unas docenas de empleos. ¡Y á esto ha consagrado la vida entera, todas las fuerzas que Dios le dió! Mañana se morirá este hombre, y no habrá sabido lo que es el amor de una esposa tierna é inocente, ni el entusiasmo que despierta en el alma una acción heroica, ni la emoción profunda que origina el estudio de la naturaleza, ni el gozo purísimo de contemplar una obra de arte. No habrá pensado, no habrá sentido, no habrá amado. Sin embargo, juzga de buena fe que debe hincharse, porque suena un timbre en el Ministerio cuando él entra, y le quitan el sombrero algunos desdichados. ¡Cuánto esfuerzo, cuánta bajeza ha tenido que hacer esta hormiga para que otras hormigas le den las buenas tardes con respeto!