—No tengas cuidado; tu tía no está aquí.
Al cabo de un rato y después de bastantes ruegos, se decidió á abrir. Aún estaba ruborizada hasta las orejas. Miguel se apoderó de sus manos, y le dijo reprendiéndola con mimo:
—Anda, pícara, que no me has esperado al balcón... Yo, mira que te mira hasta sacarme los ojos; pero de Maximina ¡ni rastro!
La chica bajó los ojos diciendo:
—Sí, sí.
—¿Qué quiere decir sí, sí? ¿Me has esperado?
—Desde que comimos no me he separado del balcón. Le he visto entrar en el bote; le he visto hablar con Úrsula y reirse, después saltar en tierra, y por fin le vi desde el otro balcón llegar á la plazuela...
—Eso último ya lo sé... Pero vamos á ver, ¿cuándo piensas apearme el tratamiento? ¿Vas á tratarme de usted después de casados?
—¡Oh, no!
Bajaron á la sala. Estaban en ella D. Valentín, Adolfo y las niñas, que saludaron al viajero con efusión. La efusión del ex capitán era, por supuesto, la que correspondía á un cetáceo no muy comunicativo; pero se traslucía bien que estaba satisfecho. Al instante llegó D.ª Rosalía, quien al ver á Maximina no pudo reprimir la risa, con lo cual, tanto se corrió la niña, que salió como un huracán por la puerta y subió á brincos otra vez la escalera. Miguel logró alcanzarla antes de llegar á su cuarto. Mientras procuraba hacerle volver á la sala por medio de súplicas, D.ª Rosalía, irritada por aquella huída, gritaba desde abajo: