—Déjela usted, D. Miguel; deje usted á esa tontuela mimosa... ¡No sé cómo hay quien la quiera! ¡Uf, qué mentecata!

Es inútil decir que con estos insultos Maximina se echó á llorar; pero estaba allí Miguel para consolarla, y nadie en el mundo lo podría hacer con tan buen éxito. Al poco rato bajaron los prometidos y se formó en la sala una tertulia con los vecinos que fueron llegando á felicitarles. D.ª Rosalía no pareció en mucho rato desabrida sin duda con su sobrina por el grave delito de tener pudor.

Lo que formaba el núcleo de la tertulia era una docena de jóvenes anhelantes por ver los regalos del novio; el cual, sin fijarse en este deseo que apenas comprendía, las hizo pasar una hora lo menos de tortura; hasta que la misma D.ª Rosalía le llamó aparte y le expresó la conveniencia de exhibirlos. Hízolo así nuestro joven arrastrando el baúl y una maletita de mano, donde traía algunas joyas, hasta el medio de la sala. Sacó los dos únicos vestidos que traía para su novia; uno, el que debía vestir en el acto de la ceremonia nupcial; otro, el que debía llevar en el viaje. Ambos fueron muy celebrados por lindos y elegantes. Lo mismo el rico aderezo de brillantes y perlas. No se hartaban las lugareñas de manosear aquellos objetos y loarlos, mostrando con sus hiperbólicas exclamaciones que estimaban como suprema felicidad en este mundo el poseer cosas parecidas. Maximina, detrás de todos, miraba con más estupor que curiosidad, abriendo mucho los ojos. Sus amigas le dirigían de vez en cuando miradas tan vivas como equívocas, á las cuales contestaba con una leve y forzada sonrisa, sin perder la expresión de susto que se pintaba en su rostro. Creció este susto cuando vió sacar del baúl el traje de boda, que era blanco y de seda y adornado con azahar. Se puso fuertemente colorada, y desde entonces no le abandonó el rubor y la inquietud en toda la noche.

Pasáronla alegremente cantando y bailando al son de la guitarra. D. Valentín ¡oh caso portentoso! bailó con una buena moza que, á fuerza de instancias, le llegó á calentar los cascos; mas hubo de retirarse al instante desesperado porque un vivo dolor reumático le paralizó la pierna derecha. Su dulce esposa le consoló diciendo:

—¡Bien empleado te está!... ¡Por fachenda!

Miguel también bailó, eligiendo con mucha frecuencia á Maximina por pareja. En los momentos de descanso se sentaban juntos allá por algún rincón de la sala y cambiaban pocas palabras, pero infinitas miradas. El hijo del brigadier, viendo sofocada á su novia, tomó un abanico y se puso á darla aire. Maximina, observando que los miraban y alguien sonreía, le detuvo suavemente diciendo:

—No necesito aire, muchas gracias. Usted está más acalorado que yo...

—¿Cómo usted? ¿Estamos en esas?

—Bien, pues... estás más acalorado que yo... Abanícate.

Á las diez se retiraron todos, despidiéndose de los novios con sonrisillas más ó menos maliciosas.