Nuestros novios se quedaron con D.ª Rosalía y don Valentín. Los niños ya se habían ido á acostar; el último, Adolfo, á quien su madre había tenido que llevar medio á rastras á la cama y con promesa de despertarle al día siguiente para asistir á la ceremonia. D. Valentín también les dió las buenas noches en seguida. Miguel y Maximina se sentaron en dos sillas bajas y se pusieron á cuchichear, mientras D.ª Rosalía, malhumorada aún, se decidió á coger la calceta reservándose el derecho de levantar la sesión antes de pocos minutos.

Miguel observó que su novia estaba distraída y algo inquieta.

—¿Qué tienes?... Te encuentro un nosequé en el semblante... ¿No estás contenta de ser mi mujer?

—¡Oh, sí! No tengo nada.

—Entonces, ¿por qué esa distracción?

Bajó la cabeza sin contestar. Miguel insistió.

—Vamos, díme, ¿qué te pasa?

—Tengo que pedirle un favor...—apuntó tímidamente.

—¿Nada más que uno? Quisiera que me pidieras cincuenta y que yo pudiese concedértelos.

—Este sí puede... Que me deje casarme con un vestido mío...