—¡Pobre Chuchú! ¿Por qué no se la ha puesto V.?

—Porque en casa no habría quien se la quitase después.

—¿Le ha encargado V. los guantes?

—Sí, señorita.

—¿En casa de Clement?

—Sí, señorita: quedaron en mandarlos el sábado.

—¿Los ha pagado?

—Sí, señorita: doce reales.

—Bueno, entonces son... cinco duros y trece reales.

—He comprado también el agremán que faltaba para el vestido de la niña.