—¿Cuánto faltaba?
—Dos tercias: quince reales.
—Son entonces... aguarde V.... son... seis duros y ocho reales... ¿no es eso?...
Carmen afirmó con la cabeza, mientras hacía mentalmente la cuenta.
—¿Qué más?
—No me acuerdo de más—manifestó, después de vacilar unos instantes.
—¿Y la esponja del tocador que le he encargado?
—¡Ah! ¡se me olvidaba, señorita!... diez y ocho reales.
Miguel se asfixiaba en el armario. Estaba de rodillas, el cuerpo doblado, la cabeza apoyada en uno de los rincones. Así que entró, empezó a sentir el malestar de la postura; no podía alzar la cabeza, ni enderezar poco ni mucho el cuerpo; las piernas encogidas también de tal manera, que le causaban calambres. Pero a los pocos segundos, notó o creyó notar que le faltaba aire para la respiración, y se estremeció de congoja: hizo frecuentes y largas inspiraciones para probar, y observó que cada vez hallaba más dificultad; trató de contener el aliento para economizar el aire, pero esto no hizo sino fatigarle más. Entonces quiso dar la vuelta y aplicar la boca a una rendija a ver si conseguía recoger más oxígeno: no le fue posible. La idea de morir asfixiado cruzó por su cerebro: un sudor frío y copioso le bañó todo el cuerpo: la congoja se apoderó de él. En pocos segundos pensó millares de cosas aterradoras; vio la muerte cara a cara; el miedo le dejó yerto, desmayado; estuvo a punto de perder el sentido. Mas de pronto, el instinto de la vida despertó, se reveló con ímpetu en su organismo y le sugirió pensamientos de salvación:
—«¡No, lo que es yo no me ahogo aquí como un ratón por esa!... Voy a dar una patada a la puerta y hacer saltar la cerradura.»—Esta idea le confortó un instante y dio tiempo a que penetrase en su mente otro proyecto menos violento, el de llamar la atención de la generala sin ser notado de la doncella: si este proyecto fracasaba, acudiría inmediatamente al recurso extremo. Extendió una mano hacia atrás y rascó la puerta con la uña, produciendo un rumor semejante al de los ratones...