—Es un tío lila, ¿sabes?
—¿Pero no acabas de decirme que le quieres?
—¡Qué sé yo si le quiero!—dijo alzando los hombros con displicencia.
—Pues eres la más interesada en el asunto.
—Desde un día en que le vi de paisano con unos pantalones muy cortos, se me ha quitado bastante la ilusión.
—No te apures por eso, chica; es que está creciendo aún... debes alegrarte.
Siguió la conversación todavía un buen rato. Miguel prometió traer al día siguiente sus maletas. Julia, brincando de alegría, le enseñó el gabinete donde iba a dormir en tanto que no se buscase una casa más capaz, como acababa de convenirse entre ellos. Al fin se despidió lleno de gozo, prometiendo venir a buscarlas de noche para llevarlas al teatro.
Al poner el pie en la calle, cortó repentinamente el hilo de sus risueños pensamientos el ver apostado en la acera de enfrente, y en actitud de espera, a lo que podía sospecharse, al cadete enamorado de su hermana.—«Vaya, me parece que voy a tener que andar a pescozones con este majadero»—se dijo. Pero muy contra lo que presumía en aquel momento, el cadete salvó rápidamente la distancia de una acera a otra y arremetió con él con los brazos abiertos, la cara sonriente y rebosando de júbilo.
—Déjeme V. que le abrace, D. Miguel—y lo hizo sin aguardar el permiso.—Acabo de saber, por la portera, que es V., en efecto, hermano «de esa chica,» y me pesa muchísimo de haber tenido con V. esa cuestión...
—¿Qué cuestión?