—La que tuvimos, antes de entrar V... ¡Caramba, si yo lo hubiera sabido!... ¡Cómo había de atreverme! Por Dios, me dispense V.
A Marte, al decir esto, se le había suavizado notablemente la expresión del semblante: la voz tampoco era tan profunda.
—No tengo por qué dispensar a V.—contestó Miguel, zafándose de sus brazos y mirándole entre risueño y admirado.
—¡Y yo que pensaba que era V. mi rival! Le estuve a V. esperando más de dos horas: no quería marcharme a casa sin darle una satisfacción... He perdido la academia por ello.
—Lo siento mucho y se lo agradezco; pero no había necesidad.
—Ahora voy a pedir a V. un favor—dijo vacilando un poco.
—Usted dirá.
—Que venga V. conmigo a beber una botella de cerveza al Suizo.
—No me gusta la cerveza.
—Quien dice cerveza, dice cognac, marrasquino, chartreusse..., en fin, lo que V. guste.