—No tengo inconveniente en ello: lo que sentiré es que, por mi causa, pierda V. alguna otra clase.

—No señor, ya las he perdido todas.

—Pues vamos allá.

Y se emparejaron caminando en dirección al café Suizo. El cadete le dejó respetuosamente la acera.

—Mozo, una copa... ¿de qué, D. Miguel?

—De agua.

—¿Cómo de agua?—dijo sorprendido y un tanto amostazado.

—Es lo único que me apetece en este momento.

—¿Pero?...

—¿No quería V. antes darme una satisfacción?