—Sí señor.
—Pues deme V. ahora la de dejarme beber agua, puesto que tengo sed.
—Bueno; si V. se empeña...—Y dirigiéndose al mozo con voz ronca de mando:
—Con azucarillo y gotas, ¿entiendes? A mí una copa de ron. Tráete además los cigarros, para que escojamos.
Se habían sentado uno frente a otro. El cadete, siempre galante, había obligado a Miguel a sentarse en el diván, mientras él se había acomodado en una silla. Examinábale aquél atentamente sin quitarle ojo, mostrando en el semblante tal gravedad, que a leguas se adivinaba que era forzada. Realmente el cadete era un ser curioso en su aspecto físico. Por su delgadez parecía montado en alambres; tan rubio, que casi daba en albino; el cuello largo como el de las girafas, y con una nuez... Miguel no había visto jamás nuez tan desmesurada: de todo el individuo era lo que preferentemente llamaba su atención.
Vino el mozo con el servicio y los cigarros. Utrilla, que así se llamaba el cadete, se empeñaba en que Miguel escogiese uno.
—No puede ser, querido: esas brevas son demasiado fuertes para mí; yo gasto unos cigarros más flojos... aquí tiene V... si V. gusta...
—Muchas gracias: yo necesito que pique un poco el tabaco; lo flojo no me sabe a nada...
—¡Milagro será—pensó Miguel—que tú te tragues esa copaza y esa breva!
—Pues como le iba diciendo, Sr. Rivera—manifestó Utrilla, comenzando a pegar feroces chupetones al cigarro,—no sabe V. lo que a mí me alarmó verle pasear la calle de su hermanita. En seguida se me subió el tufo a las narices... Los militares somos así... Y dije para mí, entonces: Hay que cortar esto por lo sano y jugar el todo por el todo: o tú o yo. ¿A qué vienen esas rivalidades en que los dos se están odiando, y sin embargo, se aguantan un día y otro sin decirse una palabra? Eso lo puede hacer muy bien un paisano, pero un militar... creo yo... V. bien me comprende. Así que ¡zás! en cuanto vi la cosa seria, me fui derecho al bulto y me aboqué con V...