Pero esta grandiosa revolución literaria encontró en otros muy notables ingenios una representación más amplia y humana. Las altas ideas morales y metafísicas expresadas con exageración, con violencia y con exceso, vinieron á engendrar otro gran movimiento que podemos denominar romanticismo filosófico, que ilustraron, en Alemania, principalmente Schiller, Herder y Heine[7], en Inglaterra Byron, Wordsworth y Shelley, en Francia Hugo, Lamartine y Musset, y entre nosotros Espronceda.

No me cumple el ocuparme ahora en esta segunda fase del movimiento romántico, sino tan sólo decir escasas palabras sobre la primera, por ser aquella en la cual se fija y encierra el carácter del novelista que estudiamos.

Disgustados por la miseria y bajeza de nuestra época, atenta muy particularmente al desenvolvimiento y progreso de los intereses del cuerpo, desnuda casi por completo de fervor religioso, los primeros románticos, á cuyo frente debe colocarse al célebre Walter-Scott, creyeron ver en la época feudal un dechado para la nuestra. La audaz imaginación, estimulada por la distancia y el deseo, hízoles trocar la grosería en caballerosidad, la barbarie en nobleza y la sórdida ambición en altanera bravura, é iluminaron los ásperos contornos de aquella edad con los colores de una luz ideal. Así nació la novela arqueológica; no como descripción más ó menos fiel de las costumbres y sentimientos de un período histórico, sino como fantástica resurrección de una edad de oro.

No gusto de exclusiones en literatura, ni fuera tampoco prudencia desechar un género en el cual ha conseguido su renombre el más insigne de los novelistas modernos; pero sí apuntaré que la novela histórica en su misma naturaleza lleva gérmenes de falsedad y de muerte. Veámoslos.

Para pintar las costumbres de una época histórica no hay nada mejor, está averiguado, que haber vivido en ella. Todo intento de resucitar añejas costumbres tiene mucho de fantástico. Insensiblemente, sin que el artista lo perciba, y á despecho de todos sus escrúpulos y pruritos de veracidad, se introduce en la obra el acento moderno y se enseñorea de ella.

Y si esto podemos decir de las costumbres, ¿qué sucederá con los afectos y pasiones? Aquí es donde se penetra claramente la miseria de la traza y todo el artificio de que los novelistas arqueólogos se valen para deslumbrarnos momentáneamente. Cuando mencionan cualquier usanza antigua suelen poner debajo la autoridad en que se apoyan; mas yo no veo jamás ninguna prueba para sus anacronismos cuando se trata de ideas y sentimientos.

¡Cuántas veces al penetrar en una sala gótica hallé sentado al pie de la tosca chimenea, reposando el codo en uno de los brazos del sitial, la mano en la mejilla, al vecino del cuarto tercero, persona muy honrada, de continente grave y hasta cierto punto melancólico!

—¡D. Facundo, usted por aquí! ¿Cómo es eso?

—Qué quiere usted, amigo mío; fué empeño de Villoslada el ataviarme con este ridículo disfraz, aunque no estemos en Carnaval, y aquí me tiene usted escuchando, quiera que no, dejando para ello abandonada la oficina, á ese trovador errante y cargante.

Doy la vuelta para mirar al trovador y me veo con largas guedejas, muy adormecido y tristón con el laúd en la mano, á Pepito Paniagua, el novio de mi prima, estudiante de segundo año de farmacia, que pasa la vida en el portal de enfrente.