Digan ustedes ahora si no tengo motivos para dejar de creer en la autenticidad de tales guerreros y trovadores.

Pues por estas y otras razones más prolijas, considero que la novela arqueológica no es viable como género literario. Esta consideración tendría mucho mayor mérito si fuese escrita y publicada hace algunos años, lo reconozco, porque entonces hubiera sido una profecía, mientras que hoy aparece tan sólo como la explicación de un hecho. Porque es un hecho que ya no se cultiva la novela histórica ni dentro ni fuera de España.

Todas las personas de cierta categoría literaria están conformes en que las costumbres y los sentimientos que se pinten han de ser las costumbres y los sentimientos contemporáneos. Cuando queramos conocer (de un modo muy imperfecto, por supuesto) los de otra época, acudamos á las crónicas, á las Memorias auténticas, á la literatura de aquel tiempo, jamás á las novelas de los románticos.

Un género literario puede ser efímero, no obstante, mientras obtienen la inmortalidad aquellos que lo cultivan. Buena prueba de esto nos ofrece el ilustre Walter-Scott, rey y señor de la novela histórica. Su fama no se merma ni decae con los años; antes se levanta cada día con más brillo y esplendor. Porque es privilegio dichoso del arte mudar constantemente de gustos y derroteros, dejando á salvo la gloria de sus intérpretes: Walter-Scott tiene feudatarios en todas las comarcas de Europa. Le rindieron pleitohomenaje en su país Horacio Smith, James, el más fecundo de los novelistas históricos, Grattan y Banim, llamado el Walter-Scott irlandés; en Francia, Alfredo de Vigny, Víctor Hugo, Alfonso Royer, el bibliófilo Jacobo y Alejandro Dumas; en Italia, el incomparable Manzoni, Rosini, Guerrazzi y el marqués de Azeglio.

En España recibieron de él el espaldarazo y fueron armados novelistas por su mano Larra, Martínez de la Rosa, Espronceda, Escosura, Enrique Gil, García de Miranda, Fernández y González, Cánovas del Castillo y Villoslada.

No es por cierto este último, ó sea el que ahora nos ocupa, el menos notable de los que hemos apuntado. Hablemos de él un momento, si ustedes gustan.

Se presenta desde luego como discípulo franco y declarado del ilustre baronet escocés, pero no deja de manifestar al propio tiempo una tendencia, aún más pronunciada que la de su maestro, hacia la arqueología. El Sr. Villoslada considera de su deber el restituirnos las épocas históricas por entero, sin que falte ni sobre un cabello, y atento como buen hidalgo al cumplimiento de sus deberes, dispone de tal suerte el enredo de la novela, que va haciendo pasar por delante de nuestra vista en ordenada procesión todo lo más característico de aquellas remotas edades. Primero una refriega en un bosque, después un torneo, más tarde el tormento aplicado á un delincuente, la descripción del interior de un castillo, una conjuración de villanos, la entrada de un rey en una población, etc., etc. Todo esto conspira, sin disputa, á que la novela tenga mayor mérito á los ojos de anticuarios y arqueólogos, pero disminuye no poco su belleza como obra de arte. Percíbese en demasía el artificio con que van sujetas entre sí las escenas y los cuadros.

Éstos y aquéllas, no obstante, tienen mucho vigor y entonación. En cuanto al color local, ustedes dirán. Yo, por mi parte, como no he sido ni pechero ni rico hombre en aquella edad,—lo último me vendría muy bien en ésta—jamás tuve ocasión de presenciar lo que en ellos se describe y no puedo, por lo mismo, entrar en comparaciones que, después de todo, siempre son odiosas.

Mas dejemos á un lado lo del color y vengamos á la fábula. El Sr. Villoslada es español y un buen español, sabe armar un lío de todos los diablos donde quiera que pone la mano. El enredo de sus novelas es complicadísimo, vivo é interesante. Verdad que los términos entre los cuales se mueve la fábula de la novela histórica parecen obligados y de antiguo constituídos.

Una reina que se enamora de un villano, el cual resulta príncipe ó cosa por el estilo; un prisionero que por odiosas artes vive sepultado en una mazmorra largos años hasta que llega el día de su rehabilitación gloriosa; un matrimonio secreto; un relicario; un lunar en la espalda; un paje enterado de todo. El Sr. Villoslada maneja á la perfección tales palillos y mantiene en zozobra hasta el fin la atención del lector.