Por otra parte, las pasiones, singularmente el amor, no son tan nebulosas y desvaídas como en los cuadros de su ilustre maestro. Penderá tal vez de que el Sr. Villoslada, aunque en la región más alta, nació en tierra de España, país donde al amor se le toma más por lo claro.
Los caracteres no están mal trazados, por punto general, aunque algunos los considero algo progresistas para su siglo. Verbi y gracia, en Doña Urraca de Castilla, una de las mejores novelas del autor, dice un noble á un villano:
—«¡Maese Sisnando, merecías haber nacido noble!
—Conde de Lara—contestó el villano,—sois leal y agradecido; merecíais haber nacido hombre.»
Esto me recuerda á un amigo de mi niñez. Era un retirado que había servido á las órdenes de Espartero. ¡Pobre hombre! Parece que le estoy viendo, con su enorme nariz colorada, su boca cavernosa y su formidable caña de las Indias. Por espacio de quince meses me describió todas las semanas la batalla de Ramales. Admiraba mis profundos conocimientos en aritmética y estimaba en lo que valía mi carácter íntegro é independiente. Yo tenía nueve años entonces y juntos salíamos de paseo por un camino solitario hasta llegar á un sitio frondoso donde manaba una fuente. Allí me describía la batalla de Ramales, me decía lo mal que le trataba la huéspeda por una peseta diaria, que fielmente le pagaba, y cuando estaba de humor cantaba con solemne entonación:
Todo conde ó marqués nace hombre,
el dictado le viene después, etc.
Yo también cantaba y se me saltaban las lágrimas. Entonces me decía que yo era un gran hombre, que sabía más que Lepe y que el deán de la catedral.
Á pesar de mi ciencia confesaré que no sospechaba que tuviéramos un correligionario tan avisado como maese Sisnando en pleno siglo XII.
Esto no pudo menos de herir mi amor propio, pero ya le he perdonado la ofensa al Sr. Villoslada, y es lo cierto que hoy le tengo por un novelista de mérito y uno de nuestros escritores más correctos y elegantes.
Parece mentira que yo diga tales cosas de un ultramontano.