Cuéntenselo ustedes á Alarcón, que no lo va á creer.
D. ENRIQUE PÉREZ ESCRICH
IEMPRE está el hombre orgulloso de alguna resolución ó acto de su vida que le parece digno de loa. Yo, que al parecer nada hice en la mía de notable, puedo preciarme, sin embargo, de no haber leído á Pérez Escrich desde los diez años.
Fué en unas vacaciones. Había ido á cursar mis latines á la capital. Cuando volví al pueblo, el libro, el libro de Pérez Escrich, el Cura de aldea, en una palabra, estaba sobre la mesa de pintado pino, tan rozagante y tan fresco como si acabase de salir de las manos de su creador. Quise recordar las emociones dulces que aquel libro me había hecho experimentar en otro tiempo, poco después de haber salido del claustro materno. Á las pocas páginas comencé á sentir cierta pesadez en la cabeza, como si tuviese allá mucho plomo, y á las otras pocas me quedé deliciosamente dormido.
Ustedes podrán decir, señores, ¡qué no debe esperarse de un muchacho que, en tan corta edad, ya se dormía leyendo á Pérez Escrich!