Han volado desde entonces sobre mi cabeza muchos vientos, ya glaciales, ya ardorosos, y he oído desde mi balcón, no sé cuántas veces, cantar á la codorniz en la vega. Y hoy mi bello ideal consiste en no leer á Pérez Escrich. Pero no puedo menos de tenerlo en el corazón como el Catecismo de Fleury y el Amigo de los niños.

Por Pérez Escrich supe yo, primero que por nadie, de la existencia de los puntos suspensivos. Cuando algún héroe de sus novelas iba á perder el juicio, nunca dejaba primero de lanzar una carcajada histérica, después de lo cual venían dos ó tres líneas de puntos suspensivos. Por bajo de ellos decía el señor Escrich: «¡Estaba loco!» ó «¡estaba loca!», según fuese varón ó hembra el demente. De otras invenciones de los hombres, no menos peregrinas é ingeniosas, tuve noticia por nuestro autor, de las cuales pienso hacer, con la ayuda de Dios, el uso que más prudente me pareciese.

No sólo por haber acaudalado con preciosos datos mi saber debo estar reconocido al Sr. Escrich. Aún recuerdo con lágrimas en los ojos (líquidas perlas que él llamaría) el ruido que hacían sus novelas al entrar por debajo de la puerta. Yo caía sobre ellas como el gato sobre el ratón, y con la entrega en la mano marchaba mayando á devorarla á la soledad de mi cuarto. Pero la primera entrega siempre dejaba levantado un puñal sobre el pecho de un inocente, ó cuando no, pendiente á alguno de un clavo sobre un abismo, y eran de ver entonces las ansias que á mí me entraban por saber cuántas pulgadas había penetrado la navaja ó en qué forma se había roto la cabeza aquel prójimo. El saberlo costaba dinero, que no era el Sr. Pérez Escrich de esos que de buenas á primeras y por afición le vienen á contar á uno todo lo que ocurre, y me veía precisado á demandar socorros á mi padre. Mas éste, por aquel entonces, estaba empeñado en que Cervantes era mejor novelista que Pérez Escrich y solía negarlos, y entonces acudía á mi buena madre, que no profesaba ideas tan perversas. Ésta descogía con mano piadosa la jareta de su faltriquera para que todas las semanas se entrasen por la casa dos reales de Esposa mártir ó de Mujer adúltera, que no bastaban, ni con mucho, para calmar los arrebatos de mi espíritu investigador. Ahora comprendo por qué he llegado á ser el mejor crítico de España.

Pérez Escrich en el campo, en el círculo, en el terreno, en el estadio, en el circuito de la literatura representa una idea, es una idea. La idea de Hegel es realidad. La de Pérez Escrich es entrega.

¡Ay, niñita mía, quién se volviera entrega, aunque fuese de Pérez Escrich, para que tus manos blancas y fragantes como la magnolia le tomasen, para que tu regazo tan casto como la nieve de las montañas le diese reposo!

Esto lo digo por una chica que conocí en Gijón, que se pasaba las horas muertas leyendo á Escrich. Me enamoré de ella, como era natural, y si no hubiera sido por un tío que me dijo á tiempo: «¡Pero, hombre, no comprendes que vas á cortar tu carrera!», me hubiera casado sin remisión. Pero la carrera ante todo. Ya les diré á ustedes en qué pararon aquellos amores.

Decía que Pérez Escrich, como novelista, es una idea. Debo añadir que Pérez Escrich...

Mas antes bueno es que advierta que justamente porque Pérez Escrich es una idea, me siento obligado á hacerle hueco en esta mi galería, ó pepitoria de novelistas. Muchos hay de los que se quedan fuera, tenidos por sí y por los otros en más estima. Pero ¿son tan notorios? ¿Ejercen tanta influencia? En una palabra, ¿son una idea?

Queda demostrado de un modo concluyente que Pérez Escrich es el novelista que en este momento debe ocuparme. No se me tilde de crítico motolito y poco avisado.

¡Despertad, pues, recuerdos azules, verdes y carmesíes de la edad primera! ¡Salid de las argentadas y bramantes olas que lloraban noche y día debajo de mis balcones! ¡Salid de las vegas lujuriantes de maíces que crujen al viento como la seda! ¡Venid de lo alto de aquellas montañas donde blandean las nubes como banderas! ¡Venid y decidme cómo es Pérez Escrich, que ya no me acuerdo!