Pienso, si no me es infiel la memoria, que hay en las obras del Sr. Escrich algo de lo que se observa en las de Esquilo. Los caracteres del Sr. Escrich, á semejanza de los del trágico griego, son inmobles como los peñascos, representan un sentimiento único, son personajes de un momento determinado y de una simplicidad absoluta. Pero el autor de Las Euménidas y del Prometeo encadenado, con tales caracteres, no lograba idear más que una situación casi fija, un cuadro delicioso, pintado con inspiración sublime, pero siempre el mismo; mientras el Sr. Escrich consigue tejer una acción complicada, altamente dramática y llena de peripecias. Sin embargo, el parentesco de ambos ingenios no es menos visible, por más que la distancia de los tiempos haya establecido entre ellos diferencias favorables al último.

Para Escrich, lo mismo que para Esquilo, hay entre el bien y el mal, acá en la tierra, el mismo irreconciliable dualismo que en el cielo. No es posible que en un mismo hombre coexistan partículas de bien y de mal. Sus personajes son siempre Ormuz ó Ahriman, ó lo que es lo mismo, cuando un personaje de Pérez Escrich sale malo, no hay por dónde cogerle de pícaro y endemoniado; al paso que cuando es hombre de bien, lo es á carta cabal. El Sr. Escrich cuida también con particular esmero de unir la belleza física con la moral, prestando hermosura, fuerza y elegancia corporales á los dechados más completos de bondad. En efecto, sería cosa fatal y hasta absurda el que un joven de cabellera rizada, de ojos expresivos, de nariz recta y modales distinguidos robase unas cucharillas de plata. ¡Me encantaban á mí sobremanera aquellas tertulias de sujetos tan lindos y de tan buenas partes! Generalmente llevábanse á efecto en alguna guardilla ó sotabanco, y los que allí se reunían, más buenos que el pan candeal, solían festejar su honradez con algún extraordinario en medio de la mayor cordialidad y buen orden. Las guardillas de Pérez Escrich exhalan un olor tan fuerte á virtud, que echa para atrás.

Casi siempre, en pos de la tertulia de honrados venía la de perdidos, con el objeto de formar contraste. Allí se veía hasta dónde puede llegar la malicia humana. Todos eran bandidos de pura raza, con sus ojos atravesados y sus correspondientes cicatrices. Como era natural, en aquella sociedad nadie creía en Dios, y así tenían buen cuidado de manifestarlo á la primera ocasión.

Los buenos y los malos se distinguen, pues, de un modo cabal en las novelas de Escrich. No aparecen tan bien determinadas las diferencias entre los hombres de talento y los majaderos. Nuestro autor no es tan feliz en la pintura de discretos como en la de tontos. Así es que cuando pretende hacer pasar á alguno por sabio, debemos creerlo tal con aquella fe viva que aconseja el P. Astete para los misterios de la religión.

Por otra parte, sus personajes hablan con un lenguaje adecuado en cuanto es posible á la situación y modo de ser del héroe. Shakspeare hacía lo mismo. ¡Cuán envidiable me ha parecido siempre esta facultad de adaptarse á todos los momentos y estados de la vida! No puedo menos de recordar á un orador sagrado de mi pueblo, que predicaba siempre al aire libre el sermón del Encuentro durante la Semana Santa. Cuando para formalizar de un modo plástico, como era costumbre, las dramáticas escenas de la Pasión, necesitaba dirigirse á las imágenes soportadas por robustos marineros, solía decir: «¡Eh! á sotavento San Juan... María Santísima á barlovento». Hubiera sido un gran novelista aquel cura.

Y á propósito de la Pasión. Tengo entendido que el Sr. Pérez Escrich, en competencia con San Lucas, describió muy á lo vivo la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo en una novela titulada El Mártir del Gólgota. No he leído El Mártir del Gólgota, y lo que es aún peor, doy á ustedes palabra redonda de no leerla; mas precisamente por eso debo extenderme algo sobre esta novela para no romper con la costumbre de la sana crítica.

Si yo fuese un crítico desalmado y avieso, nunca perdería la ocasión de lucir mi donaire escribiendo sobre la obra del Sr. Escrich las frases más sabrosas y picantes, pues ingenio tengo que me sobra para ello. Con la intención más perversa podría comparar su novela á la lanzada de Longinos y con otros pasajes del Nuevo Testamento hacer chacota de ella. Pero esto desmentiría la gravedad ingénita de mi carácter y me haría perder no poco en el concepto de las personas serias. Examinaré, pues, la obra del Sr. Escrich de un modo concienzudo, haciendo resaltar todas sus bellezas y señalando al propio tiempo sus defectos más capitales. Examinaréla desde el punto de vista histórico y asimismo desde el filosófico, económico y administrativo.

En primer término, debo llamar la atención de los lectores hacia una singular coincidencia que corrobora el juicio ya emitido acerca de la afinidad que media entre la inspiración de Esquilo y la de Escrich. Esquilo solía tomar por asunto de sus tragedias los misterios y símbolos de la religión, dando forma poética á las tradiciones de la mitología primitiva, como acontece en la trilogía de los Prometeos. Escrich busca motivo para sus creaciones romancescas en los augustos sucesos de nuestra religión, novelando la dramática historia de nuestro Redentor. ¡Cuántas bellísimas reflexiones le habrá sugerido la inicua degollación de los santos inocentes! ¡Con qué vivos colores habrá descrito el establo donde nació el hijo de María! ¡Qué observaciones no habrá hecho, todas atinadas y profundas, sobre los tres reyes magos, Melchor, Gaspar y Baltasar!

¿Pero quiénes desempeñarán en El Mártir del Gólgota los papeles de cazador maníaco, de pescador distraído, de costurera angelical, de criado fiel y de banquero infame? Porque al Sr. Escrich le pasa algo de lo que á los generales españoles; le caben pocos hombres en la cabeza, y estoy casi seguro de que no ha cambiado el personal de sus novelas por hallarse ahora en la Palestina y en siglo tan apartado. He aquí por qué me estaría muy bien haber leído El Mártir del Gólgota.

Pero si los personajes son siempre los mismos, en cambio la trama de sus novelas suele ser idéntica, y váyase lo uno por lo otro. Creo haber dicho que el centro de operaciones del Sr. Escrich es una guardilla. Allí habita una familia honrada, laboriosa, pacífica, aseada; la familia, en fin, más excelente y admirable que se puede decir ni pensar. Mientras esta familia infinitamente buena vive en la mayor estrechez, procurándose con su trabajo apenas lo indispensable para no morirse de inanición, en un palacio de la misma calle, sumido hasta el cogote en la opulencia, y no sabiendo qué hacer del tiempo y los millones, mora el inicuo despojador de esta familia. Ahora bien: ¿habrá nada más justo que el que esta familia salga de la miseria, torne á disfrutar sus bienes, y el malvado que se los arrancó, confuso y despatarrado, vaya á entendérselas con los esbirros del Saladero? Cierto que no lo hay, y el Sr. Escrich aplica todo su esfuerzo á una empresa tan meritoria. Una vez conseguido su propósito, esto es, después de restituídos los cuartos y puesto el ladrón á buen recaudo, el Sr. Escrich, en conciencia, no quedaba obligado á más. Sin embargo, la novela no da fin en este punto, sino que, desplegando un celo nunca bastante agradecido y pagado con el miserable cuartillo de real en que se estima cada entrega, el autor se entretiene con afectuoso esmero á contarnos en qué forma y manera gastó aquella familia su dinero, qué vida se daba, cuánto pagaba de contribución y qué número de platos se ponían á la mesa. Con esto, la descolorida costurera que tiene entre sus manos El pan de los pobres, se inflama de curiosidad y de gozo: cierra el libro, apoya en la mano su mejilla, y fijando los ojos en la luz de petróleo, comienza á soñar. ¡Quién sabe si algún pícaro de los que pasean en coche por el Retiro estará comiendo una fortuna que pertenezca á sus progenitores! Mira á sus manos, y sus manos no pueden ser más afiladas, más finas, más aristocráticas; mira á sus pies, y sus pies no pueden ser más breves, más estrechos ni más altos de empeine. La costurera se siente con fuerzas bastantes para ser millonaria. He aquí cómo Pérez Escrich sabe herir las fibras más delicadas del corazón humano.