—Poco á poco, Germán, exclamó entonces un escudero de rudas facciones, cuyo robusto cuello y anchos hombros revelaban su fuerza. Tomáis los insultos de esta gente con asombrosa calma, y yo no estoy dispuesto á que me llamen parlanchín sin más ni más. El barón de Morel ha dado pruebas repetidas de lo que puede y vale, pero ¿quién conoce á estos caballeritos? Este otro ni siquiera chista. ¿Qué decís vos á ello?

Al pronunciar estas palabras posó su pesada mano sobre el hombro de Roger.

—Á vos nada tengo que deciros, respondió el doncel procurando contenerse.

—Vamos, este no es escudero, sino tierno pajecillo. Pero descuidad, que vuestras mejillas tendrán menos colorete y más bríos vuestra mano antes de que volváis á guareceros tras el guardapié de vuestra nodriza.

—De mi mano puedo deciros que está siempre pronta....

—¿Pronta á qué?

—Á castigar una insolencia, señor mío, replicó Roger, airado el rostro y centelleante la mirada.

—¡Pero qué interesante se va poniendo el querubín éste! continuó el rudo escudero. Vamos á ver si lo describo: ojos de gacela, piel finísima, como la de mi prima Berta, y unos buclecillos tan luengos y tan rubios... Al decir esto, su mano tocó el rizado cabello de Roger.

—Buscáis pendencia....

—¿Y aunque así fuera?