«Acuérdate» decía el astro ardiente con sus lenguas de fuego.

«Acuérdate» repetía el murmullo de los árboles, majestuosos testigos del pasado.

«Acuérdate» arrullaban las tórtolas produciendo su nota melancólica y tierna en el silencio de los grandes bosques.

Pero Raúl no se acordaba...

—No tengo ningún remordimiento, querido tío—respondió con desenvoltura.

Neris hizo un gesto vago.

—Eres muy feliz—dijo sencillamente.

Prodújose un momento de silencio.

—En fin, querido tío, si llegase el caso, ¿no tendría usted ninguna objeción seria contra miss Darling?—preguntó el conde, que no quería abandonar su asunto.

—Tiene veinte años y tú has pasado de cincuenta.