A. C.
Buenos Aires, febrero de 1919.
CAPITULO PRIMERO
DESGRACIADO EN EL JUEGO...
Jueves, 9 de enero.—Día de reunión. Hoy he madrugado de veras; a las doce estaba en pie, y pocos momentos después me ponía en camino para el Hipódromo. En la esquina de casa he aguardado una media hora larga para tomar un auto-taxi, hasta que Mauricio, el mucamo, vino a avisarme que había huelga. Advertí entonces que la calle veíase casi desierta, que no circulaban tranvías, carros ni automóviles de alquiler, y que muchos negocios estaban cerrados, efectos todos que en el primer momento yo había atribuído, impensadamente, a lo temprano de la hora. Siempre que yo madrugo ocurre algo extraordinario.
He resuelto el problema de mi traslación subiéndome de viva fuerza a un coche de plaza, cuyo conductor, un italiano viejito que se parece al doctor Anadón, quiso negarse a llevarme, pretextando que debía ir a largar. Me arrellané en el asiento y le dije en tono perentorio:
—Mirá, gringo: si en veinte minutos no me dejás en la puerta del Hipódromo te hago meter preso por maximalista.
Ante esta amenaza mía el hombre se resignó.
Hundióse hasta los ojos su galera abollada, requirió las riendas, que había abandonado durante la discusión, y fustigando con violencia a los caballos, dijo entre dientes: «¡Maximalista! ¡Maximalista! Te lo facisse vede io lu masimalismu.»
Esta reflexión iracunda del auriga me ha vuelto a la memoria los tiempos que corremos. Hace días que no leo los diarios, pero, a juzgar por las conversaciones del Club, la situación se agrava cada vez más. Perucho Salcedo ha recibido una carta de la hermana que tiene en Suiza diciéndole que el país está invadido por emigrados rusos que hacen propaganda maximalista. A mí el hecho no me ha sorprendido, porque ya en el tiempo en que Tartarín hacía alpinismo los rusos se ocupaban allí de trabajos revolucionarios.