He llegado al Hipódromo poco antes de la una y media, con tiempo sobrado para almorzar en el restaurant del paddock. Al descender del coche advertí que uno de los caballos, el de la izquierda, era blanco, excelente presagio que recompensé con una buena propina. El cochero, todavía de mal humor, no se dignó agradecérmela. En otra ocasión eso me habría irritado; pero como recordé que cuando mi acierto de seis ganadores seguidos, jugando derecho, había venido también en un coche de plaza uno de cuyos caballos era blanco, la ingratitud del viejito maximalista me dejó indiferente. Le vi alejarse al paso de su tronco menguado por la ancha avenida, con su galera abollada, y me quedé pensando en los extraños designios de la suerte...
Almuerzo frugal en el restaurant del paddock. Concurrencia lamentablemente escasa. Tarde de guigne; confiado en el buen augurio de mi llegada, he jugado como un cronista de sport de diario grande.
A la altura de la séptima carrera me quedan seis pesos por todo capital. Viaje de exploración por las tres tribunas: ni un amigo en lontananza. Decido el regreso.
Al hallarme en la acera de la Avenida Vértiz y observar la ausencia total de vehículos, fuera de unos pocos automóviles particulares, recuerdo que estamos en huelga y me sobreviene un acceso de indignación ante la profunda estupidez de los huelguistas. ¿Por qué se nos hace eso a nosotros? ¿Qué tenemos que ver en los conflictos entre el capital y el trabajo? ¿Acaso el juego no es precisamente un medio de allanar las inevitables diferencias sociales? El juego es justiciero: eleva al pobre y arruina al potentado; es igualatorio: procura las mismas emociones al jornalero que arriesga su salario y al millonario que aventura sus millones; es humanitarista: su contribución a la beneficencia social es más crecida que la del Estado y la de todos los filántropos juntos. Fuente inagotable de esperanza, es, por lo demás, un lubricante de las relaciones sociales: atenúa los odios de clase, da la ilusión al pobre de que su miseria no será eterna e infunde en los ricos la convicción de lo instable de su fortuna. Atempera así el malestar de los desposeídos y el egoísmo de los potentados. Dominados por él, los proletarios olvidan todas sus reivindicaciones. ¿Qué caballo de Hipódromo ha recibido nunca el nombre de Bakunin, Proudhon o Carlos Marx? ¿Quién ha oído hablar jamás de movimientos obreros en Montecarlo?...
Entregado a estas reflexiones, seguí caminando en dirección al tatersall, para tomar asiento en uno de los tranvías que aguardan al final de las tribunas populares.
La huelga me reservaba otra sorpresa desagradable: el servicio de tranvías se había suspendido por completo. Pensé en los pobres muchachos de las tribunas populares, que debían volverse a pie hasta el límite del municipio; en los empleados del Hipódromo, obligados, después de cinco horas de trabajo, a un esfuerzo a que no estaban acostumbrados, y en los modestos «canillitas», que reúnen siempre algunas monedas buscando carruajes.
La torpeza de los huelguistas, que para vengarse de unos pocos patrones suspenden la vida de una ciudad, perjudicando a una multitud de obreros como ellos, me pareció inconmensurable. Poseído de una sorda irritación, deshice el camino andado, mezclándome a la oleada de gente que salía comentando las incidencias de la última carrera. El nombre del ganador, el único que habría acertado si me hubiese quedado dinero, acrecentó mi despecho.
Lleno de misantropía, cansado y sudoroso, crucé casi impensadamente bajo el viaducto del ferrocarril y fuí a sentarme en un banco del rosedal. El jardín estaba desierto y la soledad parecía agrandada por el silencio dominante. La tranquilidad de este crepúsculo me sobrecogió un poco, lo confieso, y para substraerme a esa impresión eché a andar hacia la ciudad. A las siete, todavía con luz, llegué a la plaza Italia. Breve descanso en un bar, gracias al cual recobro algunas fuerzas y un ligero optimismo. Me dirijo resueltamente al centro. A los veinte minutos de marcha adquiero en otro establecimiento nuevas fuerzas y una alegría combativa. Sigo marcando el paso marcialmente, satisfecho de mi esfuerzo y deseoso de mostrar mi desprecio a los huelguistas. En el camino encuentro numerosos carros con los caballos desenganchados y un coche con la capota tajeada. Es el que me condujo al Hipódromo. Junto a él está el viejito de la galera abollada, teniendo de las riendas a la yunta de caballos, uno de los cuales es blanco. ¡Excelente presagio!
Tercera estación. Renuevo mis energías, y tras una rápida conversación con algunos parroquianos, me siento inundado de un entusiasmo belicoso. Las noticias son graves: los huelguistas están armados hasta los dientes; han levantado barricadas en todos los barrios de la ciudad; incendiaron cuatro iglesias y dos asilos y se disponen a atacar las estaciones de ferrocarril. En la plaza del Once se está combatiendo desde las tres de la tarde. Resuelvo encaminarme a la plaza del Once. Tomo una calle transversal, y a medida que avanzo aguzo el oído para escuchar las detonaciones. Silencio absoluto. Sólo de vez en cuando el repiqueteo precipitado de una campanilla de ambulancia sanitaria rompe la tranquilidad de esta noche de verano. A pocas cuadras del lugar del encarnizado combate la normalidad es completa. Tan completa, que la gente se halla sentada al fresco en las aceras, los balcones están abiertos de par en par y los chicos han tomado la calle por su cuenta.
En una esquina dos muchachas peripuestas conversan animadamente, teniéndose de la mano con un gesto de colegialas. Una de ellas, vestida de un traje blanco, muy suelto, casi un peplo helénico, se despide de su compañera entre divertida y medrosa: