—¡Dios mío! Me quedan aún más de cuarenta cuadras por andar. ¡Sola y por esos barrios todo a obscuras!
—Hija, ya te he dicho que puedes quedarte con nosotras.
—Sí, pero en casa ¡qué estarán pensando!...
—¿No tienes medios de avisarles?
—No...
Las dos muchachas se sueltan de la mano con una actitud de infinita resignación ante el Destino, y la del peplo blanco se encamina hacia el Oeste. Al pasar junto a mí advierto que tiene los ojos garzos, el cabello castaño y la boca imperiosa. Instantáneamente he olvidado todas las incidencias de la tarde; mi entusiasmo bélico se ha desvanecido, así como mi preocupación por el orden social, y me he lanzado en seguimiento de la jovencita. «Desgraciado en el juego, afortunado en amor», pienso entre mí, y añado: «¡Esta es la mía!» El presagio del caballo, que viene afortunadamente a mi memoria, da más fuerza a mi decisión. El peplo blanco está a diez pasos; una rápida inspección a mis zapatos, un fugaz recuento de mis fondos exiguos... y acabo de resolverme a desandar cincuenta cuadras.
La sombra blanca no se desliza silenciosamente como las diosas del poema homérico; hasta mí llega un taconeo ágil y menudo que tendré que superar a largos trancos.
Consigo por fin aparejarme e inicio un soliloquio de una estupidez incomparable. A juzgar por las lamentaciones a que me entrego, parecería que me dispongo a pedir una limosna. Mi compañera aprieta aún más sus labios imperiosos y redobla la agilidad de su taconeo. Caminamos así un número indefinido de cuadras, hasta que, falto de respiración y sobrado de audacia, la tomo de un brazo, la detengo y le relato con toda fidelidad mis aventuras de la tarde: mi descalabro del Hipódromo, el regreso, mi resolución de ir a luchar contra los revoltosos, el súbito deslumbramiento que experimenté al verla...
Una amable sonrisa es la recompensa de mi sinceridad.