Las «cuarenta cuadras» a que aludió en su despedida a la compañera son un eufemismo semejante al de las «pocas palabras» de los oradores parlamentarios. Hace una hora y media que venimos caminando y todavía, según me dice, estamos lejos de la casa. Para no dejarle sospechar mi fatiga, he celebrado todos estos trastornos sociales que rompen un poco la monotonía de la vida moderna y procuran el encanto de un trayecto infinito en una compañía adorable. Hice también el elogio del amor, que se sobrepone a todas las consideraciones de rango y de dinero, y el de la belleza, formidable tesoro que escapa a todo impuesto sobre la renta... Mi acompañante me agradece esta poética disertación sobre filosofía social con una larga mirada de sus grandes ojos garzos, que bajo el borde circular de su sombrero reflejan el azul profundo de esta noche estival.

Hemos abandonado la amplia avenida paralela a Rivadavia que veníamos siguiendo, y tomado por otra, más ancha aún, con un paseo central arbolado, que aparentemente se dirige hacia el Noroeste. Nos debemos ir aproximando a nuestro punto de destino—es decir, al de ella—, porque mi acompañante va deteniendo el paso y trayéndome hábilmente a la discusión de una nueva entrevista. Entramos a la vez en una callejuela transversal y en un terreno de confidencias íntimas. Carlota, porque se llama así, es la menor de la familia; tiene dos hermanos varones y un padre anciano que todavía trabaja. Una cuñada gobierna la casa, en la que falta la disciplina de la madre, muerta hace años, según se ve por el poco apuro que la muchacha pone en regresar a ella.

Al final de la callejuela desembocamos en un lugar casi baldío que parece un taller de reparación de carros al aire libre. Al fondo, un ligero cobertizo alberga la maquinaria esencial, y hacia la derecha, una serie de rudimentarias construcciones de madera, a la vez pesebres y cocheras, dan la idea de que se trata también de un corralón.

Una jauría de perros monstruosos se abalanzan sobre nosotros; pero reconocen a Carlota y se tranquilizan. Evidentemente, hemos llegado al término del viaje. Mi acompañante se detiene en una especie de cerco y se dispone a despedirme. Pero yo insisto en que aun es temprano—acaban de dar las diez—; pretexto que al día siguiente no tendrá nada que hacer; exijo detalles minuciosos sobre el camino de vuelta y me lamento cómicamente sobre mi situación: estoy hambriento, cansado y perdido... ¡Si se le ocurriera darme alojamiento por lo que resta de la noche! Porque con esta huelga, ya es el caso de practicar, en plena metrópoli, la virtud rural de la hospitalidad. (Por lo demás, eso de «plena metrópoli» sólo tiene un sentido político: estamos a cielo abierto. El panorama circundante me ha hecho concebir el deseo de tumbarme en uno de esos carros colmados de heno.)

Mis insinuaciones no parecen caer mal... Me dispongo a iniciar una aventura deliciosa, cuando de pronto Carlota, que ha estado observando la callejuela por que hemos venido, exclama: «¡Ahí viene papá!»

Me vuelvo y advierto la silueta ya conocida de un viejito con la galera abollada que trae resignadamente de las riendas a una yunta lamentable de caballos, uno de ellos blanco...

Recuerdo el incidente del mediodía: «¡Maximalista!... ¡Maximalista!... Te lo facisse vede io lu masimalismu», y el espectáculo del coche casi destrozado por culpa mía.

Antes de que la divinidad del peplo repare en mí, me he puesto a cien pasos de ella y he seguido un sendero que va por detrás de un grupo de casas.

Un concierto infernal de ladridos epiloga ruidosamente mi aventura galante.

CAPITULO III
EL DAMERO A MEDIA NOCHE