Heme aquí, a media noche, en un paraje desconocido. Si no fuese hijo de Buenos Aires, los rigores de la suerte, según la popular composición, debían desalentarme. Solo, extraviado, a dos leguas del centro de la ciudad, hambriento y sin dinero, era natural que me abandonase a la desesperación. Pero soy porteño y sé que la absoluta regularidad de las calles de la capital permite orientarse a cualquiera y que gozamos de una profusa iluminación municipal y un excelente servicio de policía. Por primera vez comprendo la profunda significación de aquellos versos de Guido Spano; celebro el genio profético del vate, que los escribió antes de que existieran las obras de salubridad y se hubiese producido la intendencia de D. Torcuato de Alvear, y entonando la quintilla célebre para darme aliento, me lanzo denodadamente en busca de una desembocadura de calle, a fin de penetrar por ella y orientarme según el simple trazado del damero municipal.

Mientras enfilo una calle sin pavimentar, envuelta en tinieblas, medito en las innumerables ventajas de la disposición rectangular urbana. Las ciudades así construídas son armoniosas, ordenadas y democráticas...

Al final de la calle que he seguido, me hallo de nuevo en un potrero. Rehago el camino y tomo por una calle transversal que, según mis cálculos, debe conducirme a un lugar más densamente poblado. A los diez minutos desemboco en un horno de ladrillos... Vuelvo hacia atrás y me encamino en una dirección opuesta a las dos que he seguido anteriormente. Esta vez debo de estar en la buena ruta, porque a medida que avanzo la edificación va en aumento y se notan ciertos indicios de separación entre la calzada y las aceras. Dos cuadras más adelante doy, de pronto, con una calle hecha y derecha, bien empedrada, con veredas arboladas y con faroles. Estos están apagados, pero no por eso dejan de ser un signo de civilización, que saludo con simpatía. Ya estoy en pleno damero; ahora, con seguir obstinadamente hacia el Este, el problema está resuelto. Continúo alegremente hacia el Oriente, aunque se me han acabado los cigarrillos. Pero a medida que avanzo hago una observación que me llena de inquietud: la hermosa calle no corta perpendicularmente a las demás. Es una diagonal; pero en materia de diagonales yo no conozco sino las dos que han arruinado al Municipio.

Sigo la marcha en línea recta hasta que veo desaparecer el pavimento y los faroles, señal indudable de que la calle va a lanzarse campo afuera. Como esto no me conviene, doblo por la primer vía transversal en dirección hacia donde supongo debe quedar el centro. Es una calle cortada; al cabo de ella hay un terreno baldío que parece un taller de reparación de carros... Me hallo de nuevo frente a la jauría de perros monstruosos; pero esta vez no disfruto de la protección de Carlota y debo batirme prudentemente en retirada.

Ya no parezco un hijo de Buenos Aires, según la clásica composición de Guido. Los desaires de la suerte, que después de una caminata de dos horas me ha vuelto al punto de partida, me han amilanado por completo. Deshecho de fatiga, hambriento y desalentado, las doce de la noche me han sorprendido a punto de dormirme en el hueco de una puerta...

CAPITULO IV
ASALTO A UNA COMISARIA

Viernes, 10.—¿Cuántas horas he dormido así?... Lo ignoro, pues se me acabaron los fósforos, no uso reloj con esfera luminosa, los faroles de la calle están apagados y no hay luna. Es todavía noche alta; pero antes de exponerme a que el sol o la muchacha del peplo me encuentren durmiendo en la calle, prefiero seguir caminando. Con la casa de Carlota a la vista, guiándome por mis recuerdos, creo poder reconstruir el camino que hemos hecho juntos. Ahora estoy en la buena senda: llego por fin a la ancha avenida con un paseo central arbolado, que hace pocas horas recorrimos amorosamente... Redoblo el paso con alegría y por primera vez en la noche inicio un silbido de circunstancias: It’s a long way to Tipperary...

De pronto suspendo el silbido, pues al final de la cuadra advierto la silueta de un hombre. Como es la primera figura humana que se me presenta en mi infernal recorrida, voy hacia ella alborozado. A tres pasos de distancia reconozco a un vigilante apoyado en su máuser, con las piernas abiertas en un ángulo obtuso y la cabeza inclinada sobre el caño del arma, en la actitud de un sabio aplicado al lente de su microscopio.

Esbozo un saludo en la obscuridad, le dirijo las buenas noches con una amabilidad exquisita, y como no me contesta, le tiro suavemente de una manga. El agente sigue ensimismado. Un tirón más fuerte casi le hace perder el equilibrio, que, sin embargo, mantiene, pero abandonando el máuser. Con una galantería infinita me inclino para recogerlo, cuando el vigilante, estupefacto, retrocede tres pasos, desenfunda un revólver y comienza a tiros contra los árboles del paseo central... A pocos metros suenan otras detonaciones, y algo más lejos una descarga cerrada.

El vigilante ha terminado las balas de su revólver; da media vuelta y huye velozmente calle adelante. Yo le sigo, porque tengo por sistema no fugar nunca en dirección contraria a la de la autoridad, y además porque debo entregar el máuser a su dueño.