Mientras corremos, las detonaciones se suceden unas a otras con una rapidez vertiginosa. En las calles laterales se oyen disparos aislados de máuser, y una estruendosa algarabía de ladridos alborota el barrio.
Nos acercamos al lugar donde más nutrido es el fuego... El vigilante que me sirve de señuelo desaparece de pronto en una puerta cochera, y yo me precipito en su seguimiento. Salvamos en una exhalación un ancho zaguán obscuro y nos hallamos en medio de una baraúnda indescriptible: gritos, descargas, juramentos, corridas, estrépito de cristales rotos... La luz se enciende y se apaga varias veces, pero veo lo suficiente para darme cuenta de que estoy en una Comisaría.
Me apelotono en un rincón del patio y aguardo a que pase la tormenta.
CAPITULO V
¡ALTO EL FUEGO!...
Poco a poco el tumulto ha ido organizándose. Desde la sala, resguardados tras de las persianas, cuatro bomberos fusilan con toda parsimonia las casas del frente. En la azotea la gente destacada debe de estar contestando a un ataque aéreo, a juzgar por la elevación de los fogonazos, que advierto desde el ángulo del patio en que estoy refugiado. El martilleo frenético de un aparato telegráfico domina el estruendo de las detonaciones, y su voz breve y metálica es la única sensación de regularidad que se percibe en este desorden.
Repentinamente, de la obscuridad de un cuarto surge una silueta voluminosa que, dirigiéndose a mí, me toma de un brazo y exclama:
—¿Qué hacen? ¡Vamos a defender la entrada!
Y luego, encarándose con un grupo de agentes que se disimulan en el ángulo opuesto al mío, vocifera:
—¡A ver!... ¡Esos bancos! ¡Crúcenlos a la entrada!
Todos adivinamos la intención; corremos hacia los dos bancos de plaza dispuestos fuera de las oficinas y los atravesamos volcados a la terminación del ancho zaguán. Una mesa, un sillón de escritorio y un retrato terminan por dar cierto carácter a la barricada. El último elemento de trinchera, que aporta un sargento fornido y retacón, es una pequeña barrica que, después de vacilar un momento sobre aquel bric a brac, se resuelve pesadamente a ir rodando por el zaguán hasta el centro de la calle, donde un profundo bache la obliga a dar una voltereta, sentándose lejos de nosotros, como un perro desobediente...