Nos agazapamos detrás de la improvisada fortificación, y como la silueta voluminosa que nos dirige nos ordena hacer fuego, disparo mi máuser contra la desobediente barrica. El estrépito me enardece, y como al quinto disparo noto que me faltan municiones, me pongo de pie gritando:
—¡Una cartuchera!
Inmediatamente el sargento fornido y retacón se me cuelga de los hombros como un chimpancé, berreando con viril angustia:
—¡No sea temerario! ¡Abájese, niño!
Yo me resisto... Un oficialito, emocionado por esta escena de fraternidad heroica, exclama muy rápidamente, con voz de tiple:
—¡Viva la patria! ¡Viva la patria! ¡Viva la patria!...
El comisario, porque esa silueta voluminosa y autoritaria es la suya, grita a su vez: «¡Adelante! ¡Adelante!», a pesar de que nuestras propias defensas nos impiden avanzar un solo paso... La guardia de la azotea se asoma a ver lo que ocurre, así como los bomberos de la sala, e inmediatamente un silencio mortal se extiende en torno nuestro. Aguardamos un momento la respuesta del enemigo, y como no se produce, el comisario vocifera: «¡Alto el fuego!»
¡Oh fecundidad del silencio! A los quince segundos de sosiego los siete denodados defensores de la barricada nos convertimos en veinte, en cuarenta, en cien. En el patio pulula una multitud heterogénea: bomberos, oficiales, vigilantes, soldados del escuadrón y ordenanzas de policía. Aunque nadie dispara un tiro, el comisario sigue ordenando imperiosamente: «¡Alto el fuego!... ¡Alto el fuego!» Un trompa del escuadrón, de soberbia apostura y altas botas granaderas, emboca el clarín e interpreta la orden con el toque reglamentario.
Inmediatamente la guardia de la azotea hace una descarga cerrada, comienzan a oírse disparos en toda la casa y nos hallamos envueltos en una batahola formidable, mientras los cuatro bomberos de la sala prorrumpen carcajadas estruendosas...