CAPITULO VII
CONVICTO Y CONFESO

Entre tanto, según puedo oír, el comisario y la oficialidad se han marchado a recorrer las inmediaciones para recoger los muertos y los heridos y perseguir a los atacantes. Parece que yo soy el único de ellos que ha caído prisionero.

A estar a lo que conversan en el patio, los revoltosos eran como «cuatro mil», admirablemente armados; una barrica de cerveza que rodó hasta el centro de la calle está atravesada de parte a parte por cuatro balazos...

«Buena puntería—digo entre mí—, pero mal empleada; era mucho mejor que me hubiese bebido la cerveza...» Paso la lengua por mis labios resecos y recuerdo que hace veinte horas que no pruebo un bocado y diez que no tomo un trago. Me siento desfallecer y las ideas se me confunden. ¡Dios mío! ¿Por qué me he mezclado yo a los revoltosos?... Apoyo la cabeza en el ángulo que forman las dos paredes, cierro los ojos y trato de tomar el hilo de mis pensamientos, que se disgregan como los Estados del Imperio ruso. Gasto mis últimas energías en ese empeño de restauración psíquica, y luego, tras cierto tiempo, pierdo toda noción de mi personalidad. Soy algo así como una masa astral, informe, sin voluntad ni materialización alguna, pero con una vaga conciencia de las cosas. Me entero sin emoción de que hace mucho tiempo que ha triunfado el maximalismo y que la ciudad de La Plata se ha refundido con la de Nijni-Novgorod. Un italiano viejito, que usa eternamente una galera abollada, es el presidente del Soviet Local Bonaerense. Poco a poco he ido cobrando mi forma corporal, y desde entonces estoy preso aquí por orden suya. Todos los días viene a verme, y sin que yo pueda replicarle, me dice ferozmente: «¡Maximalista!... ¡Maximalista!... Te lo facisse vede io lu masimalismu!»

Hace una infinidad de tiempo que estoy sometido a esta tortura. De pronto dictan una ley matrimonial autorizando a las muchachas a escoger marido entre los prisioneros. Debemos someternos a su elección bajo pena de muerte. Hay un desfile interminable de arpías, mujeres huesudas y contrahechas, petizas esféricas con inmensos lentes de carey, patronas atléticas y mostachudas, viejas vagabundas con la sonrisa siniestra de las alcoholizadas. Yo tiemblo ante la idea de que una de ellas esboce un gesto que me obligue a seguirla. Me disimulo y procuro confundirme con el rincón de pared que habito desde hace tantos años... Imprevistamente, una de las que forman en esa procesión me hace una señal. Me aproximo lleno de un sudor frío y veo una jovencita de ojos garzos y pelo castaño, con un peplo blanco y un ancho sombrero obscuro. ¡Carlota! Mi electora me sonríe, y ante esa sonrisa la evidencia de mi felicidad es tan grande que estrecho a la muchacha y exclamo: ¡Viva el maximalismo!...

El dolor de un puñetazo me hace volver en mí, y me despierto abrazado al sargento fornido y retacón, y gritando como un energúmeno.

Generalmente yo tengo el sueño pesado; pero esta vez unos cuantos culatazos enérgicamente aplicados me han despertado sin remisión.

Debo de tener una costilla rota. Pero lo peor es que, según el sargento, estoy convicto y confeso...

CAPITULO VIII
UN INTERROGATORIO

Evidentemente, debo de estar convicto y confeso porque me invitan a sentarme. Mis confesiones, como las de Rousseau, atraen el interés general. Las autoridades de la Comisaría me rodean y un oficial me ofrece un cigarrillo. Ante esta galantería veo el cielo abierto y comienzo a protestar de mi inocencia. Súbitamente las caras se tornan hoscas; el oficial no me entrega el cigarrillo y presiento que me van a expulsar del sillón. Cambio de táctica. Hago esfuerzos por sonreír socarronamente y digo que sólo deseo contar mi historia a los empleados superiores. Estos, halagados en su vanidad, desalojan el despacho y, una vez entornadas las puertas, vuelven a reunirse en torno mío. Me apodero del cigarrillo ofrecido y solicito desenfadadamente una taza de te con bizcochos. Sin eso no puedo hablar...