Me traen un vaso de cerveza y dos sandwichs. Mientras repongo mis fuerzas, me pregunto cómo salir del paso. Recuerdo la conspiración de la pólvora, la conjuración de Fiesco, el complot de Alzaga... Nada me sirve.
Por suerte, llega el voluminoso comisario, quien se dispone a interrogarme con toda solemnidad.
—¿Cómo se llama usted?
—Julio Narciso Dilón.
—Ese apellido no es de aquí...
—No, señor. (Es verdad, soy de origen boliviano.)
—¿Es usted catalán?
—No, señor.
—¿Ruso?
—Tampoco.