Es interesante en grado sumo seguir á través del tiempo el incremento de una corriente de opinión civilizadora. Ideas bienhechoras, síntomas de civilización son, por ejemplo, los referentes al mejoramiento de las condiciones del trabajo, al feminismo, al antialcoholismo, á la cruzada contra el duelo, á la impugnación de las corridas de toros (esta repugnante barbarie ahora tan en alza, gracias á los periódicos). Desde que la idea nace, confusa y difusa, hasta que adquiere expansión y robustez en una parte de la sociedad—por esto mismo la mejor—, el camino es largo y las fuerzas y tentativas suelen ser múltiples. Los libros que de la evolución de estas ideas hablan son instructivos; ellos nos enseñan, palmariamente, la marcha de la humanidad; marcha ondulante, claudicante, pero segura, hacia un fin. (Y perdonen los adversarios del finalismo en sociología. Si no fuéramos, en esta materia, finalistas, ¿qué sería de nosotros? ¿Dónde estaría nuestra fe, y con nuestra fe nuestro consuelo, nuestro gran consuelo?)
Entre todas las ideas más arriba citadas fijémonos en la antiduelista. Hagamos algunas indicaciones históricas. Contribuyamos así—modestamente— á la noble obra del barón de Albi. Lo que expongamos no serán mas que datos sueltos que pueden ser aprovechados para un estudio. En 1773 escribió Jovellanos su Delincuente honrado; estrenóse este drama al año siguiente, en Aranjuez. El Delincuente honrado, de Jovellanos, tiene como nudo de su fábula un desafío. Se bate un personaje y mata á su contrario; queda en el misterio quién es la persona que se ha batido con el personaje muerto. El matador sigue haciendo su vida junto á la familia del difunto (era antes amigo de ella). Hay más: se casa con la viuda de su amigo, de quien él estaba enamorado. Ni ella ni su padre saben que este individuo es el matador del esposo é hijo respectivamente. Andando el tiempo se descubre el misterio; una terrible pena va á caer sobre el duelista; mas se ponen en juego poderosas influencias y el rey le indulta... Tal es el drama; luego examinaremos su doctrina. (Doctrina totalmente opuesta á lo que Jovellanos quería demostrar.)
La idea lanzada por Jovellanos va haciendo camino. En 1795 se publica un librito titulado El honor militar: causas de su origen, progresos y decadencia. Su autor es don Clemente Peñalosa y Zúñiga. Se imprimió el volumen («con orden real») en la imprenta de Benito Cano. Es elegante la impresión. Según la moda de últimos del siglo XVIII, moda francesa, premonición del romanticismo, el autor finge que varios personajes se cartean; la correspondencia de dichos corresponsales es lo que constituye el libro. En esta obrita—dedicada á exaltar un heroísmo reflexivo, sereno—existe un capítulo dedicado al duelo. Contra el duelo se declara terminantemente uno de los carteantes, el principal, el que encarna el verdadero espíritu del autor. Contra el duelo se declara aun entre militares; diremos más: con mayor razón entre militares que entre paisanos. Las armas—dice Peñalosa—no pueden dar ni quitar valor á las palabras; las armas no pueden hacer que una imputación falsa sea verdadera. «¡Qué! Los discursos y palabras de un calumniador, ¿pueden erigirse en verdades inocentes con la punta del acero? De ese modo el vicio, la mentira, el honor ó la infamia estarían sujetas á la suerte de un desafío, y una sala de armas sería el santuario más augusto de la justicia.» Así escribe nuestro autor. Hay que despreciar la opinión de las gentes incultas ó malvadas—añade Peñalosa—; no procedamos en nuestras decisiones sino con arreglo á nuestra conciencia; con arreglo á la honradez, á la virtud, á la inteligencia.
Uno de los personajes de este librito le reprocha á otro (militar) de haberse batido (con otro militar). En ejemplos ilustres de la antigua Roma apoya su argumentación; incontestable nos parece su dialéctica, fuerte y sutil. Además—añade—, ¿quién hubiera murmurado de tí si no te hubieras batido? «Tus generales, ¿no saben que tienes valor? ¿No has mostrado corazón en diez y seis acciones que has sufrido en siete meses?» «Pues si eres valiente con los enemigos de la patria, importa poco que seas cobarde con un hablador.» (Objeción: ¿y cuando el militar no ha tenido ocasión de estar en campaña? No se podrá utilizar entonces este argumento, aunque desde luego—claro es—se le suponga valeroso. El resto de la dialéctica del autor nos parece más convincente.)
En 1806 aparece otro librito dedicado todo á combatir los desafíos. Lleva por título: Impugnación físico moral á los desafíos dedicada á la memoria de Miguel de Cervantes. (En una nota puesta en el cuerpo del volumen, en la página 81, se nos dice que Cervantes combatió el duelo.) El autor de este libro se esconde bajo el seudónimo de Lúnar y hace seguir su pseudónimo de las siguientes misteriosas iniciales: H. M. S. S. F. N. M. P. Sumamente interesante es esta Impugnación; lo más completo y circunstanciado que hemos leído sobre la materia se nos antoja. Los razonamientos del tal Lúnar son de varias clases: físicos, psicológicos, morales, fisiológicos. También el volumen está compuesto de una serie de cartas que cambian dos personajes. ¿Cómo pudieron los autores de hace ciento ó ciento cincuenta años exponer sus ideas sin este artificio de las cartas sentimentales, lacrimatorias y románticas, románticas antes del romanticismo? «¡Oh débil opinión del hombre!—exclama uno de los corresponsales—. En su errado concepto, Pepe, es un infame el infeliz que arrebató un pan, instigado del hambre y obedeciendo al terrible mandato de la Naturaleza, y colma de alabanzas al homicida que con ocultas insidias quitó un padre á su familia ó un ciudadano á la patria.» «¡Cuánto asesinato con la máscara del duelo!»—exclama más adelante.
Lo verdaderamente notable en nuestro autor es la demostración minuciosa—y científica, digámoslo así—que hace de que en los duelos no puede haber igualdad de condiciones entre los combatientes. Desigualdad espiritual: no hay igualdad entre los combatientes porque no la hay entre sus ánimos, sus espíritus. Un ciudadano honrado, virtuoso, no puede ir al duelo con la impavidez con que va un pillete, ni conducirse en él con la misma serenidad. Al uno no le importa nada de nada; al otro le sobrecoge su responsabilidad, le impone su idea del deber, las consecuencias del acto—si fueren desgraciadas—para los suyos, para su familia. Consecuencia: la lucha es desigual; por lo tanto, inicua, criminal. Las páginas en que Lúnar hace esta exposición de doctrina son interesantísimas; no podemos dar sino un extracto. (Entre paréntesis: más tarde, allá por 1843, publica José Somoza su Carta sobre el desafío, y en ella dice que en los casos en que un ciudadano honrado y pobre, padre de familia, se bate con un rico—ésta es otra desigualdad—no debiera celebrarse el duelo sin antes asegurar, por medio de contrato, una renta ó indemnización el combatiente rico á la familia del pobre, en el caso de que éste muera ó quede inutilizado. Admirablemente dicho. Contundente lógica.)
Desigualdad en las armas: no puede haber nunca igualdad en las armas—prosigue Lúnar. Tal pretensa igualdad es una ilusión. Por muy idénticas que sean las espadas, siempre habrá una ligerísima desigualdad entre ellas, un detalle de fabricación casi imperceptible que hará que en un momento dado, en un instante supremo, exista una diferencia á favor ó en contra de uno de los combatientes. Lo mismo que de las espadas se puede decir de las pistolas. Nada más falso que la mayor igualdad que se atribuye á esta arma. Lúnar se nos muestra en esta parte de su libro como un conocedor técnico, profundo, de las armas de combate. La misma composición química de la pólvora, por ejemplo, puede ser motivo de desigualdad; motivo de desigualdad también la frotación, no idéntica (y ¿cómo podría serlo?) de la bala con el cañón. No podemos extractar esta sección del volumen de Lúnar: sería necesario citarlo por entero.
Y ahora, después de dejar probada la desigualdad en las condiciones del duelo, el argumento supremo: aunque, por un milagro, se llegara á la absoluta y perfecta paridad, ¿cómo el cambio de unas balas, el cruzarse de dos espadas pudiera tener la eficacia de alterar los hechos? La verdad será verdad antes del duelo y lo será después; la mentira lo era antes y lo será después. Escribe Lúnar: «El que mintió, el que infamó al prójimo, el que usurpó, es tan falsario, detractor y usurpador antes del desafío como después de verificarlo para libertarse de alguna de estas notas». «Un millar de combates que sostenga por ello—agrega—no le añadirán una minutísima parte de razón; ni cuanta sangre derrame ajena y propia lavará la mancha de su delito; porque no hay fuerzas en lo humano para que no haya existido lo que una vez fué.»
Digamos ahora dos palabras del Delincuente honrado. En realidad, bien mirada la cosa, en el drama de Jovellanos no se combate el duelo, pero la obra puede haber influído en la formación de la corriente contra el duelo. Ha influído, seguramente. Las obras literarias suelen tener una eficacia distinta de la que imagina el autor. No son, en la generalidad de los casos, lo que el autor dice que son. Aparte de esto, la posteridad, las generaciones y generaciones suelen ir formando la verdadera obra; una obra que, siendo igual, es distinta de como salió de la pluma del autor. Y aparte de esto—tercer aspecto de la cuestión—, muchas veces un matiz secundario de la obra aventaja formidablemente en eficacia y significación á la esencia, al fundamento de ella. Y así se forma el mito popular de la obra de arte. La ironía, sobre todo, sufre hondas alteraciones en literatura; se asemeja en esto á los colores de los cuadros. La ironía suele convertirse en sentir recto y serio, y aun en lo patético. Á tan corta distancia de nosotros—relativamente—Homais, el de Madame Bobary, por ejemplo, ya es distinto de como lo concibió Flaubert.
En el Delincuente honrado no se condena el duelo en absoluto; lo que se hace es justificarlo sólo cuando existe una ofensa grave que, en virtud de las leyes del honor, obliga al desafío. No es lícito el duelo en general; sí lo es cuando hay motivo grave para ello, cuando hemos de dejar á salvo nuestro honor. Este es el pensamiento de Jovellanos. Pero en el drama hay un personaje que representa ideas reaccionarias y que es quien, á más de tener razón, encarna el verdadero espíritu progresivo. Este personaje—don Simón de Escobedo—opina y sostiene que tan culpable es el retado como el retador; tanto el que recibe la injuria como quien la infiere. Ante la ley todos deben ser iguales. Posición de Jovellanos: «Yo quiero evitar por medio del duelo la manera brutal, irregular, feroz de dirimir ó lavar una ofensa». Posición del personaje reaccionario del drama: «Yo quiero que todas las ofensas, disensiones, injurias, etc., se lleven ante los tribunales. Si se va al duelo, castíguese por igual á los dos contendientes». La segunda posición (contra el designio del autor) es más progresiva que la primera. Añadamos, para terminar, un dato importantísimo: este paladín del honor, en el drama de Jovellanos; este hombre tan celoso de su inmarcesibilidad; este prototipo de caballerosidad que el autor nos ofrece como modelo, no ha tenido inconveniente en casarse con la viuda del hombre á quien ha muerto, ocultándole á ella y á su padre—que le creen inocente—su acción. Él mismo lo reconoce así en un monólogo (escena VI, acto I), y dirigiéndose á su mujer, ausente de la escena: «... Te he conseguido por medio de un engaño». Pero ¿y el honor?