La «gloria» del montañés consiste en su «grande ejecutoria»; ejecutorias que van á parar á las «alojerías»; sabido es que los naturales de la Montaña de Santander se distinguen por ser los alojeros, bodegoneros y botilleros de toda Andalucía. Del retrato que Salas hace de los madrileños se han hecho populares los cuatro primeros versos:

Aun las personas más sanas,
si son en Madrid nacidas,
tienen que hacer sus comidas
de píldoras y tisanas.

Con lo cual se quiere significar la destemplanza, rigor y desconcierto del clima madrileño. Aparte de esto, los madrileños gustan de llevar «diamantes como avellanas, corbatín estirado, espadín, ricas vueltas». (La afición á las sortijitas es algo cierta.) Llevan también los naturales de Madrid «siempre marcado el cuello con sellos de Antón Martín». (¿Á qué se alude con esto? Lo que hemos tardado en consultar el Manual de Madrid, de Mesonero Romanos, edición de 1831, página 182, hemos tardado en salir de dudas. En la plazuela de Antón Martín había un cierto hospital. ¡Pero querido y bondadoso don Francisco Gregorio...!) La Alcarria cría gente «muy fiel». (Un dato interesante que añadir á la etopeya de Salas: don Fermín Caballero, en su Manual geográfico de España—1844—dice que los alcarreños «han poblado de libreros á Madrid, así como de criadas, que pasan por fieles y pegajosas por su mojigatería». En lo de la fidelidad de los alcarreños están, pues, de acuerdo Salas y Caballero). Los andaluces son ponderativos, festeros; muéstranse aficionadísimos á galanteos; «jamás están sin comadre»; se pelean de palabra y se desafían; «luego quedan tan compadres».

El aragonés es testarudo y porfiado; no perdona fatiga para llegar á lo que se propone; «aspira siempre á la intriga, al dominio y á la memoria». (Algo de esto dijo, mucho antes, Maquiavelo en el retrato de Fernando V.) Vamos ahora con vosotros, catalanes. El catalán es «oficioso, carruajero, navegante, fabricante, mercader»; no se da punto de reposo. En un país escabroso, con mil dificultades, «marca tierras, hace planes». En resolución, «aunque sea en un establo», el catalán, por arte del diablo (lo del establo es fuerza del consonante), «hace de las piedras, panes». Los valencianos son ligeros y mudables. Su corazón es frío; «gente de regadío», se les puede llamar. El tesoro del mallorquín es «el aceite y el vino». Aborrecen los mallorquines á los argelinos y á los moros; «guardan bien su peculio»; en Mallorca, «todo el año es mes de Julio»; «con rara veneración» los mallorquines «dan culto y veneración á su Raimundo de Lulio». El murciano pasa la vida alegremente; su preocupación son «los naranjicos» y «el gusanico».

Terminemos. Los canarios son «siempre vagos». Con «un plátano y un trago» se sustentan. Los ingleses, «con halago», sacan el fruto de la tierra canaria. Por esto los canarios vienen á ser «vasallos del rey de España y hermanos del de Inglaterra». Dos décimas dedica también Salas á los portugueses y á los americanos; los primeros son finchados; pretendientes eternos los segundos. Cuando leemos estas semblanzas de los distintos españoles, trazadas por el buen don Francisco Gregorio, evocamos los retratos de castellanos, andaluces, catalanes, etc., estampados, con lindos colores, en los platos de una vajilla del Retiro. Pareja hace una cosa con la otra. Y es interesante la descripción de Salas para el estudio—á través del tiempo—del concepto, concepto popular, que los españoles han tenido de sí mismos.

EUGENIO NOEL

Eugenio Noel ha publicado recientemente un folleto titulado El flamenquismo y las corridas de toros y un libro que lleva el título de Flamenquismo y república. Eugenio Noel ha dedicado la mayor parte de su actividad á combatir el flamenquismo: da conferencias en pueblos y ciudades españolas; publica multitud de artículos. Continuamente se halla Noel en peregrinación por tierras de España; á menudo, en los periódicos encontramos noticias de discursos pronunciados por el conferenciante; alguna vez nos sorprende la nueva de algún incidente ruidoso provocado por las prédicas de Noel. Nos hacen suponer estos incidentes—siempre lamentables—que el propagandista ha estado demasiado agresivo en sus palabras; no podemos creer que, á exponer sus ideas correctamente—y con todo el ardimiento que se quiera—, pudiera haber quien atajase violentamente sus lícitas propagandas. De todos modos, el espectáculo de un hombre joven que recorre España en perpetua y caliginosa predicación contra el flamenquismo no puede menos de ser interesante.

En las dos obras que ahora publica, Eugenio Noel ha condensado su pensamiento sobre la materia que él impugna tan denodadamente. Paralelamente á un renacimiento fervoroso—fervoroso y vergonzoso—del flamenquismo, Noel inicia y desenvuelve su cruzada. En el folleto citado escribe nuestro autor: «El español trabaja poco, y lo que es peor, su trabajo está á merced de los Gobiernos; ignora el valor de la tierra; huye del campo y se arrincona en las ciudades; permite una bárbara ocultación de riqueza, y no le extraña ver en manos inertes inmensas extensiones territoriales que harían la riqueza de un pueblo». Sumariamente, en cuatro rasgos, éste es el boceto de un cuadro. Ahora el reverso. «Á cambio de esto—añade Noel—, he aquí lo que posee: 396 plazas de toros, en las que da anualmente 872 corridas, y á las que asisten, en cifras redondas, siete millones de personas. En esas orgías se matan 4.394 toros, cuyo valor es de 5.318.000 pesetas, y 5.618 caballos, que fenecen entre los más espantosos é inmerecidos martirios. De divertir á tal gente y de tal modo se encargan 62 matadores de alternativa y 324 novilleros, con 1.148 cuadrilleros de oficio, que cobran cerca de cuatro millones de pesetas.» En República y flamenquismo el autor expone en unas páginas exactas un concepto del valor que entre nosotros goza de gran predicamento y hace estragos. El flamenquismo—dice Noel—implica la idea de que «el supremo valor es la serenidad suficiente para que el pitón del toro roce las axilas»; de donde saca, en consecuencia, que los peligros de la vida han de afrontarse, como los cuernos del toro, con habilidad, con el engaño. Es importante advertir que en otros pasajes de sus discursos y de sus artículos el autor completa su idea del valor flamenco: completa la idea del engaño (listeza en política) con la idea de obstinación, de testarudez, de obtusa pertinacia en el error ó en la decisión desgraciada. Creemos que este segundo aspecto del fenómeno social es más importante—y de más graves consecuencias—que el primero. Sea de ello lo que quiera, el caso es que toda la doctrina que Eugenio Noel desparrama en prosa hablada ó escrita se halla contenida en las dos citas que acabamos de hacer. De un lado, la inmensa incultura, la deplorable pasividad de una gran masa social en lo atañadero al problema de su bienestar y de su conciencia de la vida; de otro, formidable caudal de energía, de iniciativas y de riqueza, gastado, derrochado espléndidamente en un deporte cruel. Agreguemos á esta visión social una visión complementaria de la palingenesia de España tal como la concibe Joaquín Costa, y tendremos esbozado el pensamiento de Noel; pensamiento expuesto en una prosa cálida, pintoresca, un poco redundante, un poco amplificadora.

Las propagandas y los libros de nuestro autor se prestan á múltiples reflexiones. Tendríamos que examinar, ante todo, los orígenes del flamenquismo. No es de ahora esta tendencia; más de un siglo lleva de vida; aún podríamos decir que en la decimoséptima centuria se ven rastros de flamenquismo en las sátiras y protestaciones que contra él hacen, por ejemplo, Quevedo y Góngora. Pero el flamenquismo ó majismo—que así se llamaba entonces—, cuando adquiere alarmantes proporciones es á mediados del siglo XVIII; desde esa época sigue su marcha incierta, ondulante, hasta que modernamente, con el aumento de las plazas de toros, con la sistematización, digámoslo así, de las corridas, llega á su máximum. Nos hallamos ahora en un momento álgido del flamenquismo. En 1899 publicó Morel-Fatio una edición crítica de la sátira de Jovellanos contra la mala educación de la nobleza; en ese trabajo el ilustre hispanista trata de dilucidar los orígenes del majismo y expone interesantes textos que demuestran la preocupación que en el siglo XVIII inspiraba ese morbo social. Clavijo y Fajardo, Jovellanos, Cadalso, describen el señorito flamenco—con todas sus consecuencias—tal como hoy lo vemos circular por nuestras calles; Noel no va más lejos en sus pinturas—ni en sus anatemas—de donde han ido estos insignes pensadores. Si retocáramos algo el estilo de alguna de estas páginas de Clavijo ó de Cadalso, y las publicáramos sin firma, diríamos seguramente que se trataba de cosas y hombres de ahora, y no de cosas y hombres de hace más de un siglo.

La literatura taurina y la antitaurina son extensísimas. No intentaremos añadir una página más á la última; no es ese nuestro propósito en este momento. Sí haremos notar la inmensa influencia que ese deporte—si así puede llamarse—ejerce en todo un pueblo. No son nocivos sólo los toros; es profundamente dañino también lo que podríamos denominar los aledaños de los toros; es decir, el ambiente, la particular espiritualidad que la fiesta taurina crea á su alrededor. Multitud de conceptos sociales, políticos, hasta estéticos, son falseados por causa de los toros. La idea matriz del valor que en los toros se engendra pasa á diversos órdenes de la vida. El valor, dentro de ese ambiente, se concibe como fuerza física, como obstinación, como ciega prosecución de un acto. En el extremo opuesto de la escala psicológica se halla el valor-inteligencia, el valor-altruísmo. Toda la marcha de la humanidad pudiéramos decir que estriba en sustituir al valor-fuerza el valor-inteligencia. En la misma guerra el valor sufre una transformación; el valor va siendo, no ímpetu ciego, no intrépida temeridad, sino reflexión, cálculo, inteligencia, ciencia. Vence quien más frialdad y ciencia tiene; y en la guerra la victoria es lo que importa.