Esta cuestión de la falta de observación de la realidad que se nota en la novela y en el teatro está íntimamente ligada al problema—antaño tan debatido—de la ciencia española. En la Revista Contemporánea (números del 15 de Agosto de 1876 y 15 de Abril de 1877) expusieron su argumentación Manuel de la Revilla y José del Perojo; deben ser leídos esos trabajos detenidamente; sus principales observaciones no han podido ser rebatidas. No ha habido entre nosotros un vigoroso, continuado, escrupuloso pensamiento filosófico y científico; un ambiente, en fin, de amor á la vida, por las mismas razones por que no han existido un teatro y una novela basados en la realidad. ¿Cómo pudiera haber ese ambiente cuando la literatura dramática y la novelesca eran lo que eran? Si exceptuamos el caso de Cervantes—y algunos otros—, ¿qué escritores han dado entre nosotros una visión amorosa, honda y ecuánime de realidad? Cuando se hable de presiones ó de determinadas influencias que han podido evitar, coartar el desenvolvimiento del pensamiento científico, será preciso tener en cuenta el caso de la novela y el teatro. Sí, se pudo coartar la libertad de la investigación de la realidad—concedámoslo—; pero, ¿de qué manera el literato que tenía la realidad ante él y pudo reflejarla escrupulosamente, no lo hizo? ¿Cómo la observación no se ejercitó en el arte literario? ¿Por qué, lejos de esto—y salvo excepciones—, dió en lo absurdo y en lo caricaturesco? El campo, sin embargo, estaba libre; el artista no era probable que encontrara trabas ni obstáculos para su obra; no los encontró para su deformación de la realidad: menos pudo encontrarlos para el reflejo escrupuloso y cordial de la vida.

En 1841 don Nicomedes Pastor Díaz escribía en El Conservador un artículo, recogido luego en el tomo III de sus obras completas, en que hablaba de la novela en España. No se explicaba Pastor Díaz cómo, cuando en Francia escribían novelas Balzac, Sand, Hugo, Vigny, en España no se cultivase este género. «Repetimos—decía el autor—que se nos oculta la causa de este fenómeno.» La causa de este fenómeno es que no puede haber novela sin observación de la realidad, y que este espíritu, este amor, esta comprensión, aún no había comenzado á despertarse entre nosotros. Cuando escribía Pastor Díaz, en 1841, ya hacía seis años que Vigny había publicado los soberbios relatos de Grandeza y servidumbre militares; relatos de una fuerza, una sobriedad y una emoción tales como no han sido sobrepujados por las modernas páginas de un France, un Barrès ó un Lemaitre. ¿Cómo se hacía aquí el género novelesco en esa época, en 1835?

Terminemos. Philarete Chasles, en sus Études sur l’Espagne, publicados en 1847, compara nuestro teatro clásico al moderno periodismo. «En el siglo XVII el drama—escribe Chasles—representaba el papel de nuestra prensa.» «Todos los acontecimientos, todos los recuerdos, todas las ideas, todas las locuras, todas las esperanzas creaban algún drama nuevo.» «Lope y Calderón obraron en su época como brillantes periodistas: ¡valientemente, vivamente, con pompa y ligereza!» Comparar las comedias clásicas á las brillantes crónicas de los periódicos, no está mal. Acaso tuviera razón Philarete Chasles...

LOS ESPAÑOLES

De don Francisco Gregorio Salas hemos hablado en alguna ocasión. (Véase, si se quiere, nuestro libro Clásicos y modernos.) Conocemos de Salas sus Parábolas morales, políticas y literarias, especie de fábulas en prosa; su Observatorio rústico, librito precioso para el estudio del idioma castellano; la Colección de los epigramas y otras poesías críticas, satíricas y jocosas. De todos sus libros, el más popular, aquel de que se han hecho más ediciones es el Observatorio. Pero todos los ejemplares de todos los libros de Salas que se encuentran en los baratillos aparecen sumamente grasientos, sobados y manoseados; señal de que han sido muy leídos. Salas tiene reputación—merecida—de escritor prosaico, chabacano; se le cita de raro en raro como modelo de vulgarismo. Mas lo que no se añade—y esto salva su nombre—es que en su poesía alienta un vivo y curioso espíritu de observación. Don Francisco Gregorio vivía pobre y apaciblemente; se le quería por su bondad; él iba poquito á poco devaneando por el mundo (digo por Madrid) y escribiendo sus versitos, llenos de una candorosa malicia y de una pulcra realidad.

De don Francisco Gregorio ha dejado un retrato Moratín; en otros autores de la época hay también tal cual alusión. Hemos encontrado, por ejemplo, una referencia en un librito titulado La Amalia ó cartas de un amigo á otro residente en Aranjuez. Su autor se llamaba don Ramón Tamayo y Calvillo. Pues don Ramón habla elogiosamente de don Francisco. La novelita—escrita en cartas—es una imitación de otro escritor también original... á su manera, y también desconocido: Mor de Fuentes. (Ha llegado la hora, señores míos, de hacer justicia á estos pequeños clásicos ignorados. No hay más remedio.) Don Ramón, que es un erudito, escribe así en una de las cartas de La Amalia, ó mejor dicho, escribe uno de los personajes de la fábula: «Anoche, después de haber hablado con nuestro sabio don Francisco Gregorio de Salas, me ocurrió tomar la pluma para escribir la conversación que tuvimos y él dedujo de las obras de sus amigos Marcial, Valbuena y Argensola, cuyas circunstancias, si no las elevase á tu noticia, creerías que era un hombre extravagante»... (No sabemos, á primera vista, lo que quiere decir don Ramón. Luego vemos, fijándonos, que el autor tuvo una conversación con don Francisco y que éste dijo tales cosas, apoyándose en Marcial, Valbuena y Argensola—un poco incongruente es este manojo—, que si él, don Ramón ó su personaje, citara las palabras de Salas sin añadir las autoridades en que éste las apoyaba, se le tendría por un extravagante. ¡Qué misterioso es todo esto! ¡Caramba!)

En la Colección de sus poesías, «nuestro sabio amigo don Francisco»—como decía Tamayo y Calvillo—dedica unas páginas á trazar el retrato moral ó etopeya de los habitadores de las distintas regiones españolas. Hay cosas curiosas en este librito; por ejemplo—todo en verso, desde luego—, las razones que da el autor para no imprimir sus libros por cuenta propia, los motivos que alega para tener criados y no criadas en su casa, la descripción que hace del «ajuar ó muebles que vió el autor en varias casas». Dejando todas estas curiosidades aparte, nos ocuparemos, según hemos prometido en el título, de los retratos españoles. El autor titula esta parte de su libro «Juicio imparcial ó definición crítica del carácter de los naturales de los reinos y provincias de España».

Lo primero que hace Salas es darnos una pintura del español «en general». El español es honrado, valiente, cauto, etc.; tiene ingenio, despierto; no le falta disposición natural para las empresas. Pero al español «le falta aplicación» (en eso estamos), y por eso se puede decir de él que es «un tesoro escondido». Después de esto, don Francisco la emprende con Castilla la Vieja. Los castellanos viejos... Pero antes permítame el lector—¡guarda Pablo!—que advirtamos que nosotros no hacemos mas que transcribir lo que dice el sabio don Francisco; lejos, muy lejos de nuestro ánimo está el hacer una terrible labor antipatriótica. Continuemos: el castellano viejo es hombre franco y bien intencionado; se le puede buscar para que nos dé un buen consejo. Pero «no es hombre de gran despejo» y, además de esto, peca de «algo lerdo y mohino». No da más fruto su sencillez que el que da su tierra: «al pan, pan, y al vino, vino». (Ignoramos lo que quiere decir con esto nuestro sabio amigo.)

Mucho más enredado está lo que Salas dice de Castilla la Nueva. Es éste un país agradable; bondadosa se muestra la gente; pero «afecta al interés». Todos los campos que vemos cultivados en Castilla la Nueva, «sin catar jamás el pan harán mucho más que un Cid, si dan un año con otro, para Madrid, cebada». (Es decir, á lo que creemos columbrar, que si los bancales de Castilla la Nueva dan cada dos años una cosecha de cebada, y si esta cebada se vende en Madrid, los labradores pueden darse más por satisfechos que si esas tierras produjeran pan.) Los asturianos son «cerdosos, rechonchos, cuadrados». Se distinguen por su honradez. De Asturias salen todos los alhameles ó soguillas de España. Los maragatos, «bonazos», pueden ser presentados como modelos de obtusidad; sin embargo, el autor añade que «van y vienen muy de prisa con sus lienzos» y que acaban por llevarse nuestro dinero. (Pues entonces no son tan tontos...) De los gallegos, el que sale agudo puede darle ventaja al más astuto. No comen mas que «coles y pan seco»; trabajan infatigablemente.

«Amigo verdadero, arrestado marinero, honrado mercader»; todo esto es el vizcaíno. Y algo más es el vizcaíno; es «por su entereza capaz, sin que por ello la cabeza se le canse, de escribir más que el Tostado.» (¿Cuántos tomos llevan escritos nuestros queridos y admirados amigos Pío Baroja y Miguel de Unamuno? ¿Cuántos escribirán? Ai posteri...) No se podrá negar que los navarros son rectos; pero también son «un poco pesados». Comen tremendamente; beben al igual; todos son asentistas, comerciantes, indianos y capadores. La gente riojana es «en tal manera oficiosa, que á cualquier otra le puede cardar la lana».