Examinemos algunas de ellas. Inútil creemos advertir que no nos adherimos á lo que Marchena diga; hacemos ahora de expositor, y nada más. Ante todo, la estética de Marchena, en general. Marchena, revolucionario; Marchena, innovador; Marchena, demoledor de los viejos prestigios, es un enemigo formidable de la nueva fórmula literaria que se anuncia allá por 1820; hablamos del romanticismo. Lo mismo ocurre con otro arriscado revolucionario literario: con Mor de Fuentes. La contradicción se explica (al menos en Marchena) teniendo en cuenta que nuestro autor escribía y se había formado intelectualmente en Francia. En Francia el romanticismo de primera hora fué tradicionalista, conservador (al revés de lo que sucedía en España); en Francia lo liberal era el clasicismo; es decir, un ideal que tomaba su inspiración en las antiguas democracias de Grecia y Roma. Son curiosos para la historia del romanticismo español los pasajes—dos—en que Marchena habla de las nuevas tendencias.
Hablando de la literatura alemana dice Marchena que Gellert, Haller y Gessner «han introducido la corrección en el tudesco, que repelen aún los sectarios de una nueva obscurísima escolástica, con nombre de estética, que calificando de romántico ó novelesco cuanto desatino la cabeza de un orate imaginarse pueda, se esfuerzan á hacer del idioma y la literatura germánica tan desproporcionados monstruos, que comparado con ello fuera un dechado de arreglo el que en su Arte poética nos describe Horacio». Más adelante, el autor escribe también, ya más concretamente: «Si cuando los tudescos defensores del romantismo ó novelería dijeron que cada pueblo debía cultivar una literatura peculiar y privativa, se hubieran ceñido á decir que cada nación debía pintar sus propias costumbres y ornarlas con los arreos que más á la índole de su idioma, á las inclinaciones, estilo y costumbres de los nacionales se adaptan, hubieran profesado una máxima de inconcusa verdad». (En realidad, si eso que dice Marchena, es decir, lo que él apunta que debe ser el romanticismo, no era todo el romanticismo, al menos, era una parte de él. Y esa es la enseñanza que se deduce del libro De la Alemania, de la señora Staël.)
Era un adversario Marchena del romanticismo ó novelería (él dice, como Mor de Fuentes, romantismo); un poco más tarde, y en España, nuestro autor hubiera sido tal vez su partidario. Tal vez... ó acaso no. La estética de Marchena es profundamente clásica; en 1870, en Francia, en la misma Francia en que él escribía, la hubiéramos calificado de idealista. Frente al naturalismo, Marchena hubiera estado con Feuillet. Hasta ahora, pues, nuestro inquieto revolucionario va resultando un conservador. Donde expone Marchena su credo estético es al hablar de lo que en su concepto debe ser la novela. El novelista, ¿debe copiar toda la realidad? (Fórmula del naturalismo.) ¿O debe copiar tan sólo parte de lo que se ofrece á sus ojos? (Fórmula idealista.) (Otro paréntesis detrás de estos paréntesis: en realidad, del naturalismo al idealismo sólo hay una diferencia de grado, no de esencia. El arte no puede copiarlo todo, porque dejaría de ser arte. Los naturalistas no lo han copiado todo. Aun los más extremados de todos ellos, un Paul Alexis, por ejemplo, se han visto obligados á hacer una selección previa in mente. Selección es ya, y, por lo tanto, aceptación y rechazamiento, la manera de presentar la realidad en el fragmento escrito.) «No nos equivoquemos—escribe Marchena—; no es el arte una imitación de la Naturaleza, tal cual ella es generalmente; que el buen imitador escoge en los objetos lo más vigoroso y lo más puro que en muchos de ellos ve esparcido, y de estos variados rasgos, verdaderos y existentes todos, forma el tipo ideal, cuya concepción constituye el perfecto crítico teórico, cuya ejecución forma el acabado escultor, el sublime poeta, realizando el Júpiter de Fidias, el Aquiles de Homero, el Roger del Ariosto.» Si el lector tiene la paciencia de repasar las Investigaciones sobre la belleza ideal, del jesuíta Arteaga, verá que la estética allí expuesta—á fines del siglo XVIII—no es otra que esta que ahora, en 1820, expone Marchena. Para Arteaga, el ideal en pintura, por ejemplo, era Mengs; lógicamente, para Marchena, si no era Mengs, no debía de ser Velázquez, el Velázquez de los bufones.
Sobre tal fondo de estética conservadora, hondamente tradicionalista, Marchena edifica su crítica literaria. No hay que decir que muchas veces las consecuencias prácticas están reñidas con la doctrina fundamental. En realidad, Marchena no es un crítico literario, sino un crítico social; según la obra de arte se acomode ó no á su ideal político, en esa medida será buena ó mala. Y el ideal político de Marchena está condensado en un ardiente y entusiasta progresismo. Toda la civilización de un pueblo la gradúa nuestro autor según la mayor ó menor libertad de pensar y expresarse. Á través de este prisma mira la historia de España. Durante la Edad Media, bien que mal, nuestro pueblo iba progresando. Se cultivaban las ciencias, se escribía con ingenio é independencia. (El autor que cita como cultivador de las ciencias al marqués de Villena, no repara en el arcipreste de Hita, y sí en Juan de Mena, como ejemplo de literatos independientes.) «Todo anunciaba la aurora de un día más puro, cuando, por irreparable desgracia de la nación española, subieron Isabel y Fernando al trono de Castilla y Aragón.» Se ha discutido años atrás—y aún hoy se discute—sobre el momento en que comienza la decadencia de España; divergían las opiniones expuestas por Salmerón y Costa. No recordamos exactamente en qué punto hacían comenzar uno y otro el declive; pero aquí está Marchena que es más radical que todos. Para Marchena no hay problema; no hay problema sobre la decadencia... porque no ha habido período de apogeo. Pudo haberlo habido; mas por irreparable desgracia de la nación española subieron al trono Isabel y Fernando. El natural y espontáneo desenvolvimiento de la vida nacional, tal como lo incubó la Edad Media, quedó interrumpido. Para ser sinceros, diremos que no es sólo Marchena quien así opina; con más ó menos distingos y paliativos, no faltan quienes crean que muy distinta hubiera sido la vida de España (distinta por lo próspera) sin el advenimiento de Fernando é Isabel. Del mismo modo se ha preguntado también, en Francia, qué hubiera sido del país vecino sin el Renacimiento; es decir, qué hubiera dado de sí, en pleno desarrollo, la Edad Media, sin ingerimientos ni aportes de savia extraña...
Marchena, á seguida de la aseveración copiada, hace el retrato, en cuatro líneas, de los Reyes Católicos. No creemos que hayan sido muchos los que de esta manera áspera y cruel hayan pintado á dichos monarcas; por lo menos, de Isabel no se ha solido hablar así. De Fernando, sí; y lo que Marchena dice no es mas que un eco de la semblanza que Maquiavelo traza en Il Principe—capítulo XXI—de Fernando V de Aragón. Dejando á un lado este asunto, habría que exponer ahora los puntos de vista literarios de Marchena. Nos contentaremos con indicar algunos; aciertos son, á nuestro entender, sus opiniones sobre el teatro clásico, que el autor considera semillero de corrupción. Hoy, más que de inmoral—en muchos ejemplos, que Marchena especifica—, lo calificaríamos de amoral. Acierto también es la crítica de los sainetes de don Ramón de la Cruz, que á nosotros también se nos antoja una de las cosas más desprovistas de observación, realidad y gracia que se han escrito en España. Acierto, finalmente, lo que sobre Quevedo escribe Marchena; Quevedo, soberano ingenio, pero que no caló más allá de la corteza social.
En resumen, y por lo que respecta al aspecto estético de la crítica de Marchena: algunos de los juicios del autor podrán ser erróneos ó injustos; otros, en cambio, ó han sido confirmados por los críticos posteriores, ó llevan camino de serlo. En todo caso, la obra de Marchena no puede ser desdeñada; en cuenta habrá de tomarla el historiador de las letras castellanas.
VÍCTOR HUGO EN VASCONIA
El popular editor inglés Tomás Nelson está publicando, en tomitos elegantes y baratos, las obras completas de Víctor Hugo. El último volumen puesto en las librerías es una colección de viajes que el poeta francés hizo por Francia, Bélgica, los Alpes y los Pirineos. Tiene interés para los españoles este volumen, porque se contienen en él, en la parte dedicada á los Pirineos, las impresiones de Víctor Hugo respecto á España. Víctor Hugo estuvo con su padre, el general Hugo, en nuestro país, cuando era un niño. No quedó de aquella mansión en España casi nada en la mente de Hugo; sin embargo, el poeta hacía vanagloria de su españolismo, preciaba de conocer nuestra lengua—lo cual no era cierto—, y en su obra, á lo largo de su fastuoso y espléndido escribir, ha ido esparciendo visiones grandiosas de España. Recuérdese, en la Leyenda de los siglos, su Romancero del Cid; Romancero en que nos ofrece un Rodrigo Díaz que, en resumidas cuentas, digamos la verdad, no es ni más ni menos veraz—siendo tan bello—que el Cid imaginario y poético del primitivo Cantar, ó el Cid de los romances, ó el de Guillén de Castro, ó, modernamente, el de José María de Heredia, en sus Trofeos, ó el de Manuel Machado, nuestro poeta, en el breve y luminoso poema en que plastifica, amplifica y colorea una de las más hermosas escenas del centenario, venerable Cantar.
Víctor Hugo no sabía el castellano; de nuestra lengua sólo conocía leves rudimentos. Quien lo sabía muy bien y le fué muy útil al poeta en sus españolismos era su hermano Abel. Pero Víctor Hugo sentía un gran entusiasmo por España; él mismo—si no recordamos mal—se jactaba de ser un poeta español. En 1843 hizo un viaje á España el poeta; más concretamente pudiéramos decir que la excursión la hizo al país vasco. En Vasconia pasó Víctor Hugo el verano del citado año; su primera página sobre España está fechada en San Sebastián, el 28 de Julio. El autor de Ruy Blas fué desde Bayona derechamente á San Sebastián; desde allí trasladóse á Pasages y habitó una temporada no larga en Pasages la casa en que, por solicitud patriótica de Deroulede, se puso una lápida conmemorativa; de Pasages Víctor Hugo marchó á Pamplona; permaneció unos días en la capital de Navarra; hizo una excursión por la montaña, y regresó á Francia. Tal es el esquema de impresiones sobre España que en su libro nos ofrece Hugo; marcado queda el itinerario de su viaje por Vasconia.
¿Dónde paró Víctor Hugo á su llegada á San Sebastián? En España—dice el poeta—hay muchas ventas, es decir, tabernas; algunas posadas, es decir, hospederías; muy pocas fondas, es decir, hoteles. El poeta trabuca aquí un poco las cosas, según su costumbre. Las ventas, desde luego, no son tabernas; son simplemente hosterías situadas fuera de poblado, en la campiña. En San Sebastián, en 1843, cuando estuvo Hugo en la ciudad, no había, según nos cuenta él, mas que una fonda á la española, la «fonda de Isabel», y un hotel á la francesa, «dirigido por un honrado y valiente hombre llamado Laffite». (Saludemos reverentemente, de pasada, á esta Isabel y á este Laffite, patriarcas de la industria hotelera que, andando los años, tanto auge, tanto esplendor había de alcanzar en San Sebastián.) Víctor Hugo venía en diligencia de Bayona á Donostia. Ya cerca de la ciudad, al llegar á lo alto de una colina, descúbrese de pronto el panorama urbano de San Sebastián. Con cuatro rasgos, á manera de grandes, airosos brochazos, traza el poeta lo que ven sus ojos en aquel momento: «Un promontorio á la derecha; un promontorio á la izquierda; dos golfos; un istmo en medio; una montaña en el mar; al pie de la montaña una ciudad. He aquí San Sebastián». Y, en efecto, nada más sintético ni más exacto. El aspecto de San Sebastián—añade el poeta—es el de una ciudad construída de nuevo, simétrica y cuadrada como un juego de damas. (No se olvide que estamos en 1843, y que lo que el poeta está contemplando es, en efecto, este tablerito de damas de la—ahora—ciudad vieja.)