Aposentado en San Sebastián, Víctor Hugo nos refiere diversas impresiones experimentadas por él en la ciudad; casi todas estas páginas están dedicadas á los lances de la guerra carlista. Continuamente daba el poeta grandes paseos por los aledaños de la ciudad; un día se alargó hasta un paraje en que el agua del mar, después de pasar por un freo ó angostura, se remansa en un ancho lago. Cautivóle la hermosura y placidez del sitio; admirándolo estaba, cuando le sacó de su arrobo una greguería estrepitosa de voces humanas. Paró en ella atención el poeta y vió una grey de mujeres que en la orilla del mar estaban apostadas y lanzaban gritos invitando al embarque en unos ligeros bateles. ¿Á quién se dirigían estas mujeres? De todas edades, trazas y pergeños las había entre ellas: ardimiento ponían en sus palabras, pero ninguna de ellas se movía ni avanzaba. Víctor Hugo derramó la vista en su torno; no había nadie allí mas que él; á él debían dirigirse estas nautas femeninas. Á él, en efecto, se dirigían. El poeta—documento precioso—nos ha conservado, en lengua castellana, las exhortaciones que le lanzaban. Eran éstas: «¡Señor francés, benga usted conmigo!—¡Conmigo, caballero!—Ben hombre, muy bonita soy!» El autor de Los Miserables tomó un batel y llegó á Pasages; dejamos aparte numerosos y pintorescos detalles de la narración. Encanto profundo produjo en el poeta esta villa de junto al agua. Las casas, desde el mar, eran sencillas, modestas, pobres; una vez en el pueblo, se veía que tales edificios tenían otra faz: una faz noble, severa, con anchas puertas, berroqueños blasones, muros recios, fornidos. De sorpresa en sorpresa caminaba Hugo por las callejas de Pasages; su vista ponía con delectación en los escudos de las puertas, en los hierros forjados de los balcones, en las paredes renegridas noblemente por la pátina de los siglos. Á su vuelta á San Sebastián anunció su propósito de irse á vivir á Pasages. Su designio causó «un espanto general».

—¿Qué va usted á hacer allí, señor?—le preguntaron—. Aquello es un hoyo, un desierto, un país de salvajes. ¡No encontrará usted alojamiento!

—Me alojaré en la primera casa que encuentre—repuso el poeta—. Se encuentra siempre una casa, un cuarto, una cama.

—Pero las casas no tienen techo, ni puertas los cuartos, ni colchones las camas.

—Eso será interesante.

—¿Qué comerá usted?

—Lo que haya.

—No habrá mas que pan mohoso, sidra agria, aceite rancio y vino con sabor á pez.

—Pues comeré eso.

—¿Está usted decidido?