—Decidido.

—Hace usted lo que nadie hace aquí.

—¿De veras? Eso me seduce.

—¡Ir á dormir á Pasages! ¡No se ha visto nunca tal cosa!

El poeta partió hacia Pasages; la misma batelera que habíale servido la primera vez, le indicó una casa donde podría alojarse. Es la casa histórica que hoy contemplamos—si somos artistas, si amamos la patria—con emoción. Víctor Hugo la describe minuciosamente en estas páginas; hasta un pequeño plano de ella, dibujado por él, nos ofrece. Allí vivió unos días feliz, tranquilo; la hija de su patrona se llamaba Pepita; la comida que le servían—por cinco francos diarios—era abundante, sana, gustosa. Le seducía al poeta morar en esta vieja casa, entre estos nobles muros; por las mañanas deambulaba por el pueblo, en requisitoria de rincones y recovecos poéticos, interesantes, históricos; á la tarde se marchaba hacia la montaña, peregrinaba largamente, se sentaba en una eminencia frente al inmenso mar. Cuando al anochecer retorna á la vieja casa consigna en las cuartillas sus impresiones. Trasladaremos una de estas rápidas anotaciones del poeta. Víctor Hugo ha subido á un escarpadísimo picacho; en su ascensión ha tenido, á ratos, que ir á gatas. Ya ha llegado á la cima. «Descubro un inmenso horizonte—escribe el poeta—. Todas las montañas hasta Roncesvalles. Todo el mar desde Bilbao á la izquierda; todo el mar desde Bayona á la derecha. Escribo estas líneas acodado sobre un bloque en forma de cresta de gallo que forma la arista suprema de la montaña. En esta roca han sido grabadas hondamente con un pico estas tres letras, á la izquierda: L. R. H., y estas dos á la derecha: V. H. En torno á esta roca hay una reducida meseta triangular cubierta de prados calcinados y rodeada de una especie de foso abarrancado. En una quiebra diviso una florecilla. La he cogido.»

¿Cuál es el lugar descrito aquí por Víctor Hugo? ¿Se conservará la inscripción de que el poeta habla, grabada en esa altísima roqueda? Lezo, Hernani, Tolosa ocupan también varias páginas en el libro de Hugo. El poeta ha dejado la vetusta casa de Pasages—en que tan serenas y claras horas ha pasado—y se ha dirigido hacia Pamplona. Durante el viaje ha podido ocurrir una catástrofe: la diligencia, parada en la carretera, allí en lo alto de un precipicio, ha comenzado á recular; ya una de las ruedas posteriores iba á llegar al borde del hondo barranco; entonces un mendigo que allí estaba ha puesto una gruesa piedra ante la rueda, y el cocherón se ha detenido. Si la diligencia se hubiera derrumbado por aquel abismo, y se hubiera matado Víctor Hugo—como era probable, verosímil—, á estas horas no podríamos leer muchas de sus hermosas obras; y todo esto hubiese sucedido—¡complicación sutil del sutil tejido de los hechos humanos!—si aquel mendigo que puso obstáculo con la piedra á la caída no hubiese estado allí. Á un mendigo vasco debe, pues, el Parnaso de Francia multitud de maravillosos poemas. Tenía entonces, en 1843, Víctor Hugo cuarenta y un años; hasta 1885 había de vivir produciendo, laborando infatigablemente.

En Pamplona mora Hugo unos días. Le encantan el claustro de la catedral, la ancha plaza con soportales, el panorama que se descubre desde el paseo de la Taconera. Corretea por las murallas y por las callejuelas. Se celebraba en aquellos días de Julio la feria. Hugo discurre entre los tipos de campesinos y compra multitud de chucherías y baratijas: ligas con letreros, de Segovia; una caja de cerillas químicas de Hernani; pilillas de agua bendita, de Bilbao: un hacecillo de teas de Elizondo; papel de Tolosa; un cinturón ó garniel de cuero, de Panticosa; dos mantas de Pamplona, «que son de lana magnífica, de una manufactura recia y de un gusto exquisito». El libro del poeta—en lo que se refiere á España—termina con una excursión de Hugo á las montañas navarras, en donde el autor de las Orientales pasa un día ó dos viviendo en una choza.

¿Cuál debe ser nuestro juicio sobre estas páginas que Víctor Hugo dedica á España? Las impresiones del gran poeta no tienen la densidad é intensidad de las de Teófilo Gautier; son notas ligeras, rápidas. La más considerable es la referente á su estancia en Pasages. Pero Hugo, como Gautier y como, años antes, Próspero Merimée, han sabido encontrar en un rincón de España—descartando las inexactitudes en que hayan podido incurrir—un aspecto de honda y perdurable poesía. Y vosotros los artistas ó los que amáis el arte, contestad: ¿hay algo más real que la poesía? ¿Hay algo más definitivo?

UN IDEÓLOGO DE 1850

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