Se comienza á contar en la nueva novela la vida de un hombre de acción. Los hombres de acción han atraído siempre á Pío Baroja; él mismo se lamenta de no poder ser un hombre de acción. Pero el concepto que se tiene del hombre de acción—el que tiene Baroja—será preciso definirlo, con objeto de no exponernos á torcidas interpretaciones. Un hombre de acción—para nosotros—es Goethe; lo es también Spinoza; lo es Voltaire; lo es Spencer; lo es Tolstoi. Todos son hombres que no han salido de las cuatro paredes de su estudio (como no salió tampoco Kant), pero que han removido un mundo, han hecho transformarse las sociedades (ellos, con auxilio de otros muchos), han creado nuevas visiones de las cosas, han troquelado flamantes, desconocidos valores intelectuales; han sido, en suma, excitantes y levaduras poderosas de la marcha humana. ¿Quién es más hombre de acción: Kant ó Garibaldi? ¿Quién: Spencer ó Hernán Cortés?

Mas Baroja, intelectual, removedor de prejuicios, impulsador—en más ó menos escala—de deseos y de iniciativas (todo ello acción), se encuentra seducido, hechizado por la otra acción: por las idas y venidas, el afanoso tráfago, las agitaciones populares, las empresas industriales, los largos viajes. De aquí que, desde su mesa de trabajo, cada vez que se sienta á escribir, ponga su pensamiento en aventureros, gentes errátiles, cabecillas, vagabundos, bohemios, hombres, en fin, que se mueven continuamente y que hacen cosas. Eugenio de Aviraneta—providencialmente descubierto en un armario viejo—ha venido á ser el símbolo supremo, la representación más alta—y, desde luego, ancestral—de la obra, las meditaciones, los anhelos y las esperanzas de Pío Baroja. Un volumen acaba de consagrarle el novelista; pero un volumen, ni dos, ni cuatro, es poco; de diez constará toda la vida de Aviraneta.

La obra que acaba de emprender Baroja, como toda obra henchida de intensa vida, será motivo de comentarios y discusiones; se la comentará y se la discutirá (y las discusiones y comentarios han comenzado ya) por la concepción que el novelista expone en ella tanto de la vida como de la representación de la vida en el pasado; es decir, de la Historia. Aviraneta nació á fines del siglo XVIII; toda su vida fué una perenne agitación; se mezcló en las guerras civiles y tramó pintorescas conspiraciones.

Contemplemos desde lejos la vida de Aviraneta; ya con las 300 páginas que ahora nos da Baroja podemos comenzar á contemplarla. Primera observación que se nos ocurre hacer; Aviraneta no es ni liberal ni conservador; toma unas veces partido por los liberales y otras por los conservadores. Aviraneta no es una línea recta; su vivir ondula, se tuerce en un complicado zig-zag. Y, sin embargo—atajemos el pensamiento del lector—, sin embargo, Aviraneta no es un vividor, un logrero, un negociante turbio (lo que ahora son muchos políticos españoles); Aviraneta no es tampoco un inconsciente, un ingenuo. ¿Cómo clasificar esta vida sinuosa? ¿De qué manera encasillar á este hombre que, apenas nacido á la literatura, ya comienza á inquietarnos y preocuparnos? No existen casilleros para los hombres como Eugenio de Aviraneta; evoluciona este personaje por encima de los valores conocidos; obra independientemente de la tradición sancionada. ¿Es un enamorado de la fuerza por la fuerza? ¿Un dominador pre-nietzschano? ¿Un hombre que, secuaz de Maquiavelo, lector de Il Principe, no repara en medios (zarpazo de león ó artimaña de vulpeja) para llegar al fin que se propone: no su engrandecimiento—según el falso maquiavelismo—, sino el engrandecimiento de la patria—según el verdadero maquiavelismo? ¿Es un superhombre—como diría Nietzsche, ó un serpihombre—como diría Gracián? Es realmente Aviraneta—por lo que comenzamos á ver—un hombre superior, fuera de la medida ordinaria; pero su superioridad, tan lejana del sentir medio de la masa, nos inquieta y nos hace reflexionar. El espectáculo del mundo no es para Aviraneta lo que para la mayoría de los hombres; su representación de la realidad es distinta. Siendo la representación diversa, diversa ha de ser también la moral. Aviraneta no es ni moral ni inmoral. De amoral estamos tentados de calificarle; por lo menos, seguidor de una moral que no acopla con nuestra moral; una moral que principiamos á entrever en este primer volumen de su vida y que quizá cuando se publiquen los restantes podremos comprender y definir. Para entonces aplazamos nuestro juicio sobre el asunto.

Vengamos á la concepción histórica de Baroja. Alfredo de Vigny ha sentado, en el célebre prólogo á su novela Cinq-Mars, una teoría capital respecto de la Historia. En síntesis, para Vigny, la verdad del arte es más verdadera que la verdad real. «El espíritu humano—escribe Vigny—no parece preocuparse de lo verdadero mas que en cuanto al carácter general de una época; lo que sobre todo le importa es la masa de los acontecimientos y los grandes pasos de la humanidad que arrastran á los individuos.» «Pero indiferente en los detalles—añade el autor—, el espíritu humano no los ama tanto reales cuanto bellos, ó grandes y completos.» Es decir, que dada la realidad histórica, á grandes pinceladas, de una época, luego, sobre ese fondo de autenticidad, el artista, el gran artista, puede dar á los personajes que en realidad existieron una vida distinta de la que tuvieron, pero más intensa, más bella, más verdadera que la auténtica. Sirvan de ejemplos el Cid creado por el desconocido poeta del Cantar, ó el Felipe II, de Schiller, de Alfieri y del moderno Verhaeren. Será inútil, completamente inútil que protestemos; serán ineficaces cuantas refutaciones cuajadas de datos hagamos. La creación artística vivirá perdurablemente, con luminosidad inextinguible, por encima de la menguada rastrera realidad. Ante la sucesión de los siglos se mantendrá incólume, tal como la ha creado el poeta alemán, la figura del monarca de El Escorial; ante el tiempo, sin conmoverse, subsistirá la imagen de Rodrigo Díaz que el ignorado vate ha estampado en su Poema.

La realidad que busca Pío Baroja en la serie de sus novelas históricas es la realidad viva y palpitante que crea el arte. Sobre un lienzo de realidad histórica Baroja construye sus figuras. ¿Qué importan detalles más ó menos? Lo que importa es la vida. Y las creaciones de Pío Baroja se mueven, hablan, sienten, gesticulan, se apasionan, ríen, plañen, llegan á nuestro corazón é inquietan nuestro espíritu.

ARANJUEZ Ó LA SENSIBILIDAD ESPAÑOLA

Aranjuez en otoño tiene un encanto que no tiene (ó que tiene de otro modo) en los días claros y espléndidos de la primavera. Las largas avenidas, desiertas, muestran su fronda amarillenta, áurea. Caen lentamente las hojas; un tapiz muelle cubre el suelo; entre los claros del ramaje se columbra el pasar de las nubes. En los días opacos el amarillo del follaje concierta—melancólicamente—con el color plomizo, ceniciento, del cielo. Y si el viento, á intervalos, mueve las ramas de los árboles y lleva las hojas de un lado para otro, la sensación del otoño—tristeza, anhelo infinito—es completa en estos parajes, entre estos árboles, á lo largo de estas seculares avenidas, solos, rodeados de silencio; y nuestro espíritu se siente sobrecogido, sin saber qué esperar y sin poder concretar su inquietud. Un tren silba á lo lejos y pasa rápido, allá en la lontananza, por el extremo de una alameda...

Aranjuez encierra recuerdos literarios y políticos de diverso orden. Viajeros ilustres que han visitado en distintas épocas Madrid, han llegado luego hasta las frondas de Aranjuez. Aranjuez, más ó tanto como Madrid, ha sido, desde este punto de vista intelectual, el contraste de Europa con España, con su historia, con su paisaje y con su raza. Aranjuez es una creación, no del pueblo, de la masa, sino de lo más selecto de España; lo más elevado socialmente ha podido aquí, materialmente, exteriorizarse. Alrededor de Aranjuez se extiende el campo manchego, el campo uniforme, gris, triste, pobre, el campo con sus pueblecillos, sus cortijos, sus labores someras y escasas. Si Aranjuez representa la exteriorización—en los jardines y en el palacio—de lo selecto español, esta campiña es la expresión de lo popular de España. Por lo tanto, quienes después de pasar por Madrid llegaban á Aranjuez desde los países extranjeros, era aquí donde realmente ponían en contacto su espíritu moldeado en otros medios con lo refinado español. Ningún elemento extraño estorbaba esta comunicación espiritual; en Aranjuez, como en El Escorial, como en Sevilla, el choque del resto de Europa con lo genuino de España podía perfectamente verificarse.

Saint-Simón es uno de los viajeros que nos han dejado sus impresiones de Aranjuez. Vino á nuestro país Saint-Simón en 1721; precisamente en el otoño fué cuando el aristócrata francés visitó el indicado Real Sitio. ¿Qué impresión le causó Aranjuez, con los campos manchegos que le rodean, á este hombre que venía de Versalles, que traía los ojos empapados con los espléndidos jardines de Le Nôtre, que vivía en el ambiente espiritual formado por Descartes, Molière, La Bruyère, Pascal? ¿Cómo un cerebro plasmado sobre el orden, la lógica, la simetría, la tradición ordenada y coherente, sintió este medio nuestro? La visión que Saint-Simón nos da de España es de las más originales, profundas y fuertes; este hombre, habituado á la temperatura moral más alta que entonces había en Europa; este hombre fino y agudo, no se dejó sorprender por la impresión primera; en sus juicios, semblanzas y escenas llega, casi siempre, al fondo de las cosas. Un detalle hay en su pintura de Aranjuez que es altamente significativo. Saint-Simón nos dice que, acostumbrado á los jardines de Le Nôtre, no podía menos de encontrar en los de Aranjuez bien du petit et du colifichet. Hemos preferido dejar la frase en su original. ¿Cómo traduciríamos la palabra colifichet aplicada á los jardines de Aranjuez? (Dos colifichets clásicos é ilustres hemos encontrado á lo largo de nuestras lecturas; clásicos é ilustres porque están usados en dos obras capitales de la literatura francesa. Uno lo usa Molière en El Misántropo—acto I, escena II—, cuando Alcestes habla de los versos artificiosos, pulidos, rebuscados, de Oronte. Otro lo emplea Balzac en Eugenia Grandet, al enumerar las fruslerías, perendengues y dijes que se lleva de París á provincias el primo de la protagonista, joven elegante y apuesto.) Saint-Simón añade: «Pero el conjunto resulta algo encantador y sorprendente en Castilla, á causa de la densidad de las sombras y de la frescura de las aguas».