El detalle á que aludíamos antes lo da el autor en una observación que hace á continuación. «Me chocó mucho—escribe—un molino sobre el Tajo, á menos de cien pasos del Palacio; un molino que corta el curso del río y que produce un ruido que se oye de todas partes.» Ya está aquí, junto á una expresión de sociabilidad, de civilización (los jardines de Aranjuez), el pormenor revelador de la incuria tradicional, de la insensibilidad histórica. Por una parte, estos jardines nos hacen pensar en una obra—más ó menos perfecta—de coherencia, de afinamiento espiritual; por otra, este molino estruendoso que afea el paisaje y molesta continuamente con su estrépito, nos demuestra que existe una laguna en la sensibilidad creadora de estos parques. (Análogamente, los enormes y toscos carromatos que discurren por las calles de Madrid, con sus reatas de mulas y con sus violentos, coléricos y blasfemadores carreteros; esos carros que pasan ante las tiendas modernas, lujosas, y sobre los cuales, de noche, caen los resplandores de los arcos voltaicos; esos carros son otra incongruencia de la sensibilidad española. Se podrían citar numerosos ejemplos.) Saint-Simón no podía explicarse la existencia de este molino sobre el Tajo. Descartes con su Discurso del método, y Racine con sus tragedias, y La Fontaine con sus fábulas (todos creadores de una sensibilidad) habían hecho que, andando el tiempo, él, Saint-Simón, no pudiera comprender esta aceña de nuestro Real Sitio.

Le preocupaba el tal molino al aristócrata francés. Vuelto á Madrid, Saint-Simón se apresuró á hablar del asunto al rey. «Hablé del molino y me mostré sorprendido de cómo se le toleraba tan cerca del palacio, en sitio en que su vista, que interrumpía la vista del Tajo, y más todavía su ruido, eran tan desagradables que un particular no lo toleraría.» Veamos cuál es la actitud del rey, es decir, de la representación más alta—oficialmente—de la sensibilidad española. «Esta franqueza mía—añade Saint-Simón—desagradó al rey, el cual me contestó que el molino había estado siempre allí...» Detengámonos un momento, hagamos resaltar la frase que sigue: «... había estado siempre allí, y que allí no hacía ningún daño». Se ha verificado el choque de las modalidades de sensibilidad; un detalle, una pequeñez, una fruslería, si queréis, pero detalle de una alta significación. Saint-Simón, ante las palabras del monarca, siente instantáneamente la capital diferenciación. Je me jetai promptement sur d’autres choses agréables d’Aranjuez... Y nada más.

Más tarde pasó por Aranjuez otro gran observador de hombres y de cosas: el caballero Casanova de Seingalt. En Aranjuez moró una temporada Casanova. En estas mismas páginas dedicadas al Real Sitio habla el autor de su «deseo de observar los hombres y de hacerles hablar sobre el motivo de sus acciones». (¿Es de Casanova ó de Stendhal esta frase?) Paraba Casanova en la casa de un empleado de palacio. «Desde las ventanas—escribe el autor—yo veía á su majestad partir todas las mañanas para la caza y volver luego agotado por la fatiga.» Unas páginas siguen en que Casanova muestra, al hablar del rey, su visión diferencial de España. No nos detendremos en ella; nos falta el espacio; esta parte de las Memorias de Casanova—la dedicada á España—es sumamente interesante para los lectores españoles. Á notar: un prodigioso, maravilloso retrato de mujer (la señora Nina). Á notar: las siguientes profundas palabras, que sólo un gran observador pudo escribir: «¿Quién duda de que España necesita una regeneración, que no puede ser sino el resultado de una invasión extranjera, ella sola capaz de reanimar en el corazón de todo español ese hogar de patriotismo y de emulación que amenaza extinguirse en absoluto?» (La invasión se produjo años más tarde; soberbia explosión de patriotismo hubo también, en efecto; pero...) «Si España—sigue Casanova—recobra alguna vez su puesto en la gran familia europea, mucho tememos por ella que no sea sino á costa de una terrible conmoción. Sólo el rayo puede despertar esos espíritus de bronce.» (Costa, Macías Picavea, ¿no era esto lo que vosotros decíais un siglo más tarde?)

Chateaubriand pasó también por Aranjuez. Encontramos la referencia en sus Memorias de ultratumba. La parte en esa obra consagrada á España fué traducida, en 1839, con el título de El Congreso de Verona (Madrid, «imprenta que fué de Fuentenebro»), por don Cayetano Cortés, el mismo que escribió un agridulce estudio de Larra que todavía figura al frente de algunas ediciones—la de Montaner, por ejemplo—de las obras del satírico. «Un día—escribe Chateaubriand—nos paseábamos, en 1807, á orillas del Tajo, en los jardines de Aranjuez, y vimos venir á Fernando á caballo y acompañado de don Carlos. ¡Cuán ajeno estaba entonces de prever que aquel peregrino de Tierra Santa contribuiría en algún tiempo á restituirle la corona!» Nada más sugestivo que este encuentro del hombre que había de renovar toda la sensibilidad literaria moderna y de Carlos IV y su hijo Fernando. Nada más antitético que estas dos representaciones humanas, símbolos de dos grandes y opuestas modalidades sociales...

... Aranjuez, Aranjuez: en los días grises, velados, del otoño, cuando paseamos por las desiertas alamedas, una vaga tristeza invade nuestro espíritu. ¿En qué pensamos? ¿Qué tememos? ¿Qué esperamos? ¿Ponemos nuestro anhelo en un perfeccionamiento de la sensibilidad española; un perfeccionamiento que haga desaparecer tantas cosas, que haga surgir otras? Las hojas caen; á lo lejos suena el agudo silbido de un tren.

PROCESO DEL PATRIOTISMO

Solicitado el autor para que enviase artículos á un periódico de la Habana—el Diario de la Marina—inauguró su colaboración con el siguiente trabajo (12 Septiembre 1913):

LA GUERRA

Un viejecito—simbólico—está viajando por España. Tiene este viejecito una larga barba que le llega hasta las rodillas y unos ojos claros, azules. Es chico: como un gnomo. Lleva en su mano un cayado con regatón de hierro. Cuenta con muchos, muchos, muchos años. Allá en las pretericiones de la Historia conoció á los primitivos pobladores de España; luego anduvo entre los godos; más tarde estuvo con los alarbes; después, durante la Edad Media, presenció cómo construían las catedrales y cómo en unos talleres angostos imprimían los primeros libros. Ha departido este viejecito con Mariana; ha platicado con Saavedra Fajardo; ha visto pensativo y angustiado á Cervantes; ha observado, desde lejos, el último paseo de Larra por Recoletos el mismo día de su muerte... Nuestro viejecito—con su luenga barba y su bastón herrado—camina sin parar por la patria española. En el Norte ha subido á las verdes montañas y ha descansado, junto á los claros riachuelos, en lo hondo de los sosegados valles. Ha preguntado á labriegos y á oficiales de mano. Una paz dulce reina en las tierras españolas del Norte; lo cantan así los poetas y los literatos. Pero por debajo de esa paz tradicional, nuestro viajero ve la intranquilidad y la penuria del labriego. No falta el agua del cielo, que fecunda los campos; mas la vida es pobre, limitada, y ya algunos morbos terribles de la civilización moderna van entrando, poco á poco, en el hogar milenario, y van, poco á poco, corroyendo y aniquilando esa dulzura que loan los poetas. En ninguna región de España hace tantas devastaciones el alcoholismo como en Guipúzcoa. El alcoholismo trae como secuela fatal é inevitable la tuberculosis. Diezma la tuberculosis los habitantes de esa hermosa región de España. El cuadro que nos presentan las estadísticas es verdaderamente aterrador. ¿Quién creería que esta paz, que esta serenidad, que esta poética dulzura encubre los estragos verdaderamente extraordinarios, hórridos, del alcoholismo y de la tisis?

De las provincias vascas, el viejecito de los ojos azules pasa á Castilla. Atrás han quedado las verdes pomaradas; atrás los suaves praderíos, con los puntitos rojos de las techumbres de las casas, colgadas allá arriba en la altura; atrás los claros, silenciosos regatos que se deslizan entre las anchas y resbaladizas lajas. Ya la estepa castellana abre su horizonte ilimitado; antes la mirada no podía extenderse más allá de un punto próximo; ahora se dilata por la inmensidad gris, rojiza, amarillenta. Ya no hay bosques de árboles; si acaso, algún macizo de álamos gráciles, tremulantes, se yergue á la vera de un riachuelo. La tierra de sembradura produce poco; no se la beneficia toda á la vez y todos los años. Se la divide en dos, tres ó más hojas, y en cada añada una sola de estas tres suertes ó tranzoneras es la que produce el grano. Son breves y superficiales las labores; aún el labriego rige la mancera del milenario arado romano.

Tan poco produce la tierra, que apenas tiene el labrador para pagar el canon del arriendo, los pechos del fisco y los intereses de los préstamos usurarios. Todo el día, desde que quiebra el alba hasta que el sol se pone, el labrador permanece inclinado sobre su bancal. Los fríos le atarazan; los ardores del sol le tuestan en el verano. No hay leña en su vivienda para calentarse en el invierno. No prueba la carne en sus yantares mas que una ó dos veces al año (cuando la prueba). Largas sequías dejan exhaustos de humedad los campos; en tanto que la sementera se malogra ó que los tiernos alcaceles se agostan, allí á dos pasos, corre el agua de los ríos por los hondos álveos hacia el mar, inaprovechada, baldía. No hay piedad para el labriego castellano, ni en el usurero que presta al ciento por ciento, ni en el Estado que agobia con su tributación, ni en el político que se expande en discursos grandilocuentes y vanos. Castilla se nos aparece pobre y desierta. No llegarán á treinta los habitantes por kilómetro cuadrado. Incómodos y escasos son los caminos. En insalubres y desabrigadas casas moran sus gentes. Leguas y leguas recorremos sin encontrar en la triste paramera ni un árbol...

Nuestro viajero deja Castilla y entra en Levante. Levante se abre ante la vista del viandante con sus colinas suaves, sus llanos de viñedos y sus pinares olorosos. En los pueblecillos, los huertos se destacan en los aledaños con sus laureles, sus adelfas y sus granados. El aire es tibio y transparente; en la lejanía espejea el mar de intenso azul. Pero el labrador de Levante se siente oprimido—como el de Castilla—por los múltiples males que le deparan el Estado y la Naturaleza. Tan frugal es este cultivador de la tierra como el cultivador castellano. No prueba jamás la carne; legumbres y verduras constituyen su ordinaria alimentación. La tierra rinde poco; la filoxera ha devastado la mayoría de los viñedos. El vino ha llegado á una suma depreciación. De las campiñas y de los pueblos emigran á bandadas los labriegos y los artesanos; emigran también de Galicia, de Castilla y de Andalucía. Ahoga asimismo la usura á los pequeños propietarios; han de malvender éstos sus casas y sus predios para pagar al usurero. Los malos años, las sequías, las plagas del campo, hacen que el número de jornaleros empleados en el beneficio de la tierra disminuya; en las viviendas pobres—los que no emigran—pasan los días inactivos, sin pan, viendo en la miseria más cruel á sus mujeres y á sus hijos.

Continúa nuestro viejecito su camino á través de España. Ahora ha llegado á Andalucía. Sierras abruptas, como las de Córdoba y las de Ronda, nos muestra la Naturaleza. Llanos grises y uniformes, como los de Sevilla, se extienden ante la mirada. La frugalidad en los trabajadores agrarios llega á su colmo en la tierra andaluza; una jornada de trabajo produce apenas para comprar un poco de pan y una escasa porción de aceite. Escuálidos, exangües vemos á los labriegos; con andrajos cubren sus carnes; á centenares abandonan la patria española. Y en tanto que se alejan de los campos que los vieron nacer, en esos mismos campos permanecen incultos, yermos, pertenecientes á unas pocas manos, leguas y leguas de terreno.

¡Ah, viejecito de la barba luenga y de los ojos azules! ¡Ah, viejecito milenario, que tantas cosas has visto á lo largo de la historia de España! La alborada de una nueva vida floreciente y renaciente, el deseo formidable é íntimo de ser mejores no es todavía sino un rudimento en los pechos de unos pocos españoles. Ahora, sobre las calamidades tradicionales, centenarias, de la rutina, la ignorancia, la pobreza, se añade la guerra. Una guerra devasta nuestra Hacienda y deja exhaustos de brazos los campos y los talleres. Nuevos auxilios se le piden al labrador, al industrial, al artesano, al pequeño propietario, todos abrumados y angustiados por la usura, el fisco y las malas cosechas. Una tremenda causa de despoblación se agrega á las ya existentes: las ya existentes, que hacen que se camine durante horas por las llanuras de Castilla sin encontrar un ser humano. No hay escuelas, no hay caminos, no hay árboles, no hay hombres. El viejecito de la barba larga se ha sentado en la cima de una montaña. Desde la altura se divisaba un vasto panorama de oteros y de valles; en ese paisaje estaba retratada en compendio la patria española. Nuestro viajero ha pensado: «España: discursos, toros, guerra, fiestas, protestas de patriotismo, exaltaciones líricas». Y ha pensado también: «España: muchedumbre de labriegos resignados y buenos, emigración, hogares sin pan y sin lumbre, tierras esquilmadas y secas, anhelo noble en unos pocos espíritus de una vida de paz, de trabajo y de justicia».


El anterior artículo motivó vivas protestas en algunos diarios de la Habana; hemos procurado indagar el motivo que estos periódicos pudieran tener para sus destemplanzas. Nos han dicho que estos periódicos defienden á España. No lo entendemos. No fué esto sólo: multitud de cartas llegaron á nuestras manos, en que se protestaba también enérgicamente de nuestro artículo. Dimos de lado á protestas periodísticas y á protestas postales y escribimos—continuando nuestra colaboración—el artículo que transcribimos: