Escribe Nodier: «En una de esas guerras imperiales que tenían por objeto dar á España un soberano á la manera de nuestro dueño, los franceses, hostigados por las bandas populares, se vengaban, siguiendo la usanza inmemorial de los héroes, recorriendo el país á la luz del incendio. He aquí un pueblecillo más que la tea va á consumir. Se le nombra: es el Toboso. Una explosión de carcajadas simpáticas estalla en las filas. Las armas caen de las manos de los vencedores, y los dichosos compatriotas de Dulcinea escapan á la matanza, bajo la protección del genio de Cervantes.»
No lo hubiera podido imaginar el gran Miguel. Si es cierta la leyenda del atropello cometido por los toboseños en la persona de Miguel, alcabalero, otra leyenda—ó historia—nos dice que Cervantes, desde la lontananza de lo pretérito, libró de una sangrienta calamidad al Toboso. Compensación...
Gabriel Alomar.—Alomar vino á Madrid á hacer oposiciones á la cátedra de Literatura de Barcelona—Instituto—. Había una inmensa distancia entre Alomar y los demás opositores. Alomar pertenece al núcleo revisionista de los valores clásicos. No ganó las oposiciones—excusado es decirlo—. Votó en el tribunal, á favor de Alomar, don Rodolfo Gil. El programa de esas oposiciones es de lo más curioso (por su incongruencia y futilidad) que hemos leído jamás. Tenemos propósito de publicarlo para que los futuros historiadores tengan un documento preciosísimo referente á la enseñanza de la Literatura en España y en 1913 (y muchos años antes... y suponemos que muchos también de los venideros).
Algunos compañeros de letras de Alomar obsequiaron á éste en Madrid con una comida íntima; el A B C del 4 de Abril de 1913 daba cuenta del acto en la siguiente nota (escrita por el autor de este libro):
«En el restaurant Inglés celebróse anoche una comida en honor de Gabriel Alomar. Tuvo el banquete carácter de intimidad, y exclusivamente literario—sin trascendencia alguna política—fué tal acto. Poeta, periodista, pensador originalísimo Alomar, sus compañeros de letras de Madrid han querido significarle su afecto y su admiración. Originalidad é intensidad campea en toda la obra de Alomar. Poeta es ante todo, en verso y en prosa, el autor de La columna de fuego. Con visión de delicadísima poesía ha glosado Alomar el más glorioso de los libros españoles: el Quijote. Pocas páginas se han producido en España—en el comentario psicológico y lírico—superiores á esa. La concepción generosa y profunda de la realidad que el gran Hidalgo tiene, es la que Alomar exalta y magnifica en su glosa; esa misma concepción informa toda la obra filosófica y poética de Alomar. «¿Es la visión de Don Quijote—pregunta el poeta—la que hay que aceptar como verdadera, en la íntima y esencial verdad, no en la verdad aparente y externa?» La íntima y esencial verdad es la que persigue el artista. «No hay frase que no tenga, animada por el estro de un poeta, una potencia de sentido espiritual sobre la apariencia corriente del sentido literal», ha escrito también Alomar en su ensayo De poetización. Elegante, férvida y tumultuosa, la obra poética de Alomar descuella por ese sentido hondo de la realidad y de la vida.
Á tan exquisito escritor han querido festejar sus compañeros en Madrid. Reinó en la comida la más efusiva cordialidad. Asistieron á ella Jacinto Benavente, Ortega y Gasset, Roberto Castrovido, Valle-Inclán, Luis de Zulueta, Juan R. Jiménez, Amadeo Vives, Luis Bello, Azorín.»
Pío Baroja no pudo asistir á esta comida, á causa de una desgracia de familia; en espíritu y cordialísimamente estuvo con Alomar y sus amigos.