Derrotado Alomar y de regreso en Cataluña, los intelectuales catalanes le obsequiaron con otro banquete. En él leyó Alomar un discurso que es preciso tener en cuenta para el estudio de la estética del artista. Deseamos que el autor lo recoja en alguno de sus libros. Se publicó ese trabajo en El Poble Catalá del 11 de mayo del año citado.


Xenius.—Respondiendo á las indicaciones que hacíamos sobre su modalidad literaria, Eugenio d’Ors nos escribía una carta de la que vamos á copiar unos párrafos. (Perdone el querido Xenius esta indiscreción; nos parece necesaria para completar el estudio de su personalidad, ó por lo menos, para añadir á ese estudio un dato interesante.)

Dice Xenius:

«Sí, en la fórmula del arte ha de entrar, para el artista moderno, la pasión. Pero yo no llamo á esto romanticismo, sino á la ausencia del Dominio del orden sobre la pasión.

Más puede haber de ésta, púdica y recatada, en una bien medida estrofa que en un libre grito.—¿Frialdad de los clásicos? Mi amigo Vand Landoskz ha encontrado en los papeles de un maestro de baile sietecentista esta dichosa frase: «On ne voit pas tout ce qu’il y a dans un menuet.» (Deliciosa, ¿verdad? Se ve al hombre de oficio, amante de su oficio y que le de importancia, con una sabrosa punta ligera de pedantería, con otra punta de melancolía, y que indica á la vez, en una fórmula de carácter general, la exaltación de tantas heroicas fiebres como el sacrificio, que es esencial en el arte, escondido bajo la perfección formal, bajo la limitación estricta...)

Fórmula de un verdadero clasicismo: «Sólo tiene valor la obediencia á la ley en el que sería capaz de violarla».—Otra fórmula: «Sólo debe violarse una ley, cuando con el acto de la violación se formula una ley nueva».


Víctor Hugo y Vasconia.—Profesó el poeta un cordial amor al país vasco. En El hombre que ríe—libro I, capítulo I—, escribe Víctor Hugo: «Vizcaya es la gracia pirinaica, como Saboya es la gracia alpestre. Las temerosas bahías cercanas á San Sebastián, Lezo y Fuenterrabía, mezclan á las tormentas, á los nublados, á las espumas por encima de los cabos, á las cóleras de las olas y los vientos, al horror, al fragor, las bateleras coronadas de rosas. Quien ha visto el país vasco, desea volverlo á ver. Ésa es la tierra bendita»...

En el Semanario pintoresco de 19 de Enero de 1851, don Ramón de Navarrete daba cuenta de una conversación con el poeta. Se titula el artículo Una tertulia en casa de Víctor Hugo. La página es curiosa. El poeta habló de España. «Luego, volviéndose hacia mí—escribe Navarrete—, me habló largamente de la España, de su niñez, que pasó en Madrid, siendo gobernador de Guadalajara el general Hugo, su padre; de la casa del príncipe de Masserano, que habitaban en la calle de la Reina; de sus impresiones y de sus recuerdos infantiles, pronunciando como parte de estos algunas frases en castellano. Por último, conmemoró otro viaje que hizo á las provincias vascongadas en 1844, expresándose con vivo entusiasmo acerca de las costumbres sencillas y puras de aquel país, de su dulce clima y de su magnífica vegetación.