Nuestro poeta es un hombre chiquito; tiene la cabeza pequeña, redondita, y en ella destacan unos ojos luminosos y una boca de labios delgados. Su retrato da la impresión de una sensibilidad hiperestesiada. Es nuestro poeta uno de esos hombres tímidos y fogosos á la vez, uno de esos temperamentos silenciosos y delicados que vibran fuertemente á los contactos del mundo exterior. No hay otro como él en Castilla. «Es un hombre celestial y divino—escribe de él Teresa de Jesús en una de sus cartas—. No he hallado en toda Castilla otro como él.» Otros poetas, como Garcilaso, han sido refinados y cultos; en sus versos han puesto la quinta esencia italiana; sus conceptos amatorios han ido entremezclados de breves paisajes. Fray Luis de León ha sido fogoso é impetuoso; tiene el ardimiento y la elocuencia de un pagano; á veces—como en la primera Oda á Nuestra Señora—llega á lo trágico en la expresión de sus dolores íntimos y de sus desesperanzas. Nuestro poeta, San Juan de la Cruz—de cuyo Cántico espiritual acaba de publicarse una nueva edición—; San Juan de la Cruz es mórbido, delicado, sensitivo. Ningún poeta castellano nos ofrece esta muestra de frágil morbidez. Entre la penumbra de los símbolos, el espíritu del poeta ondula, tiembla, gime, canta como un niño ó como una delicada mujer. Hay momentos en que el lector de estos breves poemas permanece absorto, indeciso, desorientado, sin acertar á distinguir la trascendencia alegórica de la aparente realidad.

En el silencio de la blanca celda vemos—espiritualmente—al poeta trazando sus versos, y sintiendo al trazarlos una viva emoción, una ansiedad febril, como pocos de nuestros poetas han sentido. No hay otro como él en Castilla.

La fuente en la noche.—El simbolismo de San Juan de la Cruz se halla inspirado en la Naturaleza. El poeta nos habla de las montañas, los valles solitarios y nemorosos, las ínsulas extrañas, las viñas florecidas, la soledad sonora, las aves ligeras, las riberas verdes, las subidas cavernas de las piedras, el canto de la dulce filomena, el agua pura, las frescas mañanas, las tortolicas que revuelan henchidas de amor... Oigámosle en uno de los más típicos, sugeridores, trascendentes de sus poemas. El poeta piensa en una fuente; él sabe dónde mana y corre. Y añade: Aunque es de noche. No puede decir cuál es su origen; no lo tiene; pero todo se origina de esta fuente. Aunque es de noche. No hay cosa tan bella en el universo; cielos y tierra beben de este manantial. Aunque es de noche. Nunca ha sido su claridad obscurecida; toda luz viene de ella; sus corrientes son caudalosas; la inmensidad de las gentes se riega con ellas. Aunque es de noche. Todas las criaturas son llamadas para que sacien su sed en esta fuente; mi más ardiente deseo está en sus aguas. Aunque es de noche... Y así, el poeta—delicado y sensitivo—asocia á las tinieblas lóbregas y perdurables de una noche la sensación de una fontana cristalina y amorosa, que va manando casi calladamente, con un son apacible, melódico.

UN LIBRO DE FRAY CANDIL

Emilio Bobadilla, nuestro querido y admirado crítico, acaba de publicar un libro sobre ciudades y paisajes españoles. Viajando por España se titula el libro flamante de Bobadilla. Tiene este escritor—lo saben los aficionados á las letras—una fina, extensa y variada cultura; conoce escrupulosamente el movimiento filosófico y literario de Europa; escribe en un estilo limpio, claro, preciso, nervioso. Bobadilla nos habla en su libro—después de algunas páginas dedicadas á paisajes de los Pirineos—de las viejas y gloriosas ciudades que se llaman Burgos, Valladolid, Salamanca, Toledo. Hermosas son las descripciones que el autor traza de panoramas urbanos y agrestes; no tienen menos interés las reflexiones—más bien breves estudios—que entre paisaje y paisaje intercala Bobadilla. Se habla aquí, por ejemplo, de nuestra poesía medioeval, la lírica y la heroica; del descubrimiento de América; de la vida estudiantil en el siglo XVI; de Miguel de Cervantes y de sus dolorosas andanzas.

El estudio más largo y substancioso de todos éstos es el dedicado á la conquista de América. El tema reviste un interés supremo para los españoles; fuera de España se escribe también abundantemente en estos últimos años. La conquista de América ha sido diversamente juzgada á lo largo de nuestra historia posterior á ella. Sucesos son ésos en que se han fundamentado y se siguen fundamentando los juicios que de España se hacen respecto á su actuación en el pasado: un pasado de cuatro siglos. Un hombre generoso y ardiente—Bartolomé de las Casas—es quien primero da argumentos copiosísimos á cuantos nos reprochan determinados procedimientos de colonización. Codicia, violencia, rapacidad, crueldad: en estas palabras sintetizan sus acusaciones los que se apoyan en Las Casas. Pero ¿qué es lo que hay de cierto en el libro famoso de aquel hombre caritativo? ¿En qué cantidad se halla en él la verdad y en qué la hipérbole?

Son numerosas las rectificaciones que se han hecho á Las Casas; reputamos por una de las principales la publicada en el siglo XVIII por el clérigo catalán don Juan Nuix. Tradujo esta obra, y la publicó en 1782, un ministro del rey: don Pedro Varela y Ulloa. Alegamos la alta calidad del traductor para que se conceda todo su valor á ciertas frases del prólogo que él pone á su traducción, y en que se dice que «aunque el fin del autor es defender á los conquistadores de la América en común, no por eso pretende disculparlos del todo». Bastan estas palabras para que la cuestión quede colocada en sus verdaderos términos. En este largo y tenaz pleito de nuestra conquista americana; en la luenga porfía entre apologistas y detractores, se va haciendo un resquicio por el que surge la verdad. Entre la muchedumbre de libros producidos á propósito de este tema, lo que, á nuestro entender, quedará como expresión de serenidad y equilibrio será el Diálogo entre Guatimocin y Hernán Cortés, trazado por don Francisco Pí y Margall.

Pero si existe en el problema de la conquista de América este aspecto universal, que interesa tanto en nuestro país como fuera de él, existe también otro aspecto puramente, exclusivamente nacional: el que atañe á lo que influyó en la marcha de España el descubrimiento del Nuevo Mundo. Ángel Ganivet ha indicado en el Idearium español una teoría que merece ser meditada. Para Ganivet los Reyes Católicos emprendieron la formación de España, de la nacionalidad española, sobre tres bases: una, la política; otra, la intelectual; otra, la material. En la primera estaba comprendida el saneamiento de las costumbres, corrección de corruptelas administrativas, cauterización de abusos, escándalos, irregularidades, latrocinios, etc., etc. La segunda abarcaba el fomento de la instrucción pública, creación de centros de enseñanza, protección á los estudios, aliento á literatos y publicistas, etc., etc. Y la tercera, la material, iba encaminada á la creación de una industria y de un comercio prósperos, al robustecimiento de la agricultura, construcción de caminos, alumbramiento de aguas, trazado de canales, etc., etc. Prescindamos—dicho sea de pasada—de exagerar un tantico una fórmula determinada, un determinado propósito; al escribir trabajos de historia, fácilmente se incurre en este error de ampliar y sistematizar en siglos pasados, en hombres de otras épocas, planes y designios que acaso no fueron mas que ideas embrionarias é inconexas. Pero, en fin, hay mucho de exacto en lo que escribe Ganivet. Ahora prosigamos.

Las dos primeras acciones—la política y la intelectual—comenzaron á realizarlas Fernando é Isabel con gran brío y eficacia. Se pueden citar numerosos hechos que lo demuestran. En cuanto á la tercera acción—la atañadera al fomento de la riqueza—, se disponían á emprenderla cuando se interpuso el descubrimiento de América. Ese hecho magno torció el curso de nuestra historia. América refulgió espléndidamente á lo lejos con resplandores de oro. «Y dejando las prosaicas herramientas del trabajo—escribe Ganivet—, allá partieron cuantos pudieron en busca de la independencia personal, representada por el Oro; no por el oro ganado en la industria ó el comercio, sino por el oro puro, en pepitas.» Á partir de ese éxodo alucinante de millares y millares de españoles—lo mejor de la nación—, la decadencia de España se inicia. Nótese que el esplendor verdadero, robusto, no ha tenido ocasión de comenzar; los Reyes Católicos apenas han puesto las primeras piedras del nuevo y soñado edificio. Pero va á comenzar un período de esplendor, de apogeo, de vitalidad nacional, completamente ficticio, artificial, morboso.

Tan exacto es esto, tan cierta es en el fondo la teoría de Ganivet, que no podremos hallar otra más lógica y racional. En ella vienen á parar implícita ú ostensiblemente cuantos reflexionan sobre el desenvolvimiento de España desde el siglo XVI hasta la fecha. No de otro modo que Ganivet piensa Jovellanos en su Informe sobre la ley agraria. Para el gran pensador, el esplendor de España, ocasionado por las conquistas de América y por las guerras europeas, «pasó como un relámpago.» «Todo creció entonces—añade—si no la agricultura». «Las artes, la industria, el comercio, la navegación recibieron el mayor impulso; pero mientras la población y la opulencia de las ciudades subía como la espuma—dice también Jovellanos—, la deserción de los campos y su débil cultivo descubrían el frágil y deleznable cimiento de tanta gloria