Salió de Madrid, como se suele, pobre, engañado, arrepentido y melancólico. Á poco trecho, que hubo andado, encontró con un hombre, Sexto sentido. bien diferente de los que dejaba. Era un nuevo prodigio, porque tenía seis sentidos, uno más de lo ordinario. Hízole harta novedad á Critilo.
Porque hombres con menos de cinco ya los había visto y muchos; pero con más, ninguno. Unos sin ojos, que no ven las cosas más claras, siempre á ciegas y á tientaparedes; y con todo eso nunca paran, sin saber por dónde van. Otros, que no oyen palabra, todo aire, ruido, lisonja, vanidad y mentira. Muchos que no huelen poco ni mucho y menos lo que pasa en sus casas, con que arroja harto mal olor á todo el mundo y de lejos huelen lo que no les importa. Éstos no perciben el olor de la buena fama ni quieren ver ni oler sus contrarios y, teniendo narices para el negro humo de la honrilla, no las tienen para la fragancia de la virtud.
También había encontrado no pocos sin género alguno de gusto, perdido para todo lo bueno, sin arrostrar jamás á cosa de sustancia. Hombres desabridos en su trato, enfadados y enfadosos. Otros de mal gusto, siempre aniñado, escogiendo lo peor en todo. Y aun otros muy de su gusto y nada del ajeno. Otra cosa aseguraba más notable, que había topado hombres, si así pueden nombrarse, que no tenían tacto y menos en las manos, donde más suele prevalecer, y así proceden sin tiento en todas sus cosas, aun las más importantes. Éstos de ordinario todo lo yerran aprisa, porque no tocan las cosas con las manos ni las experimentan.
Éste de Critilo era todo al contrario, que, á más de los cinco sentidos, muy despiertos, tenía otro sexto, mejor que todos, que aviva mucho los demás y aun hace discurrir y hallar las cosas por recónditas que estén. Halla trazas, inventa modos, da remedios, enseña á hablar, hace correr y aun volar y adivinar lo por venir: y era la necesidad. ¡Cosa bien rara! ¡Que la falta de los objetos sea sobra de inteligencia! Es ingeniosa inventiva, cauta, activa, perspicaz y un sentido de sentidos. En reconociéndole, dijo Critilo:
¡Oh, cómo nos podemos juntar ambos! Huélgome de haberte topado, que, aunque todo me suele venir mal, esta vez estoy de día. Contóle su tragedia en la corte.
Eso creeré yo muy bien, dijo Egenio, que éste era su nombre y definición. Y aunque yo iba á la gran feria del mundo, publicada en los confines de la juventud y edad varonil, á aquel gran puerto de la vida; con todo, por servirte, vamos á la corte, que te aseguro de poner todos mis seis sentidos en buscarle y que, hombre ó bestia, que será lo más seguro, le hemos de descubrir.
Entraron con toda atención buscándole, lo primero en aquellos cómicos corrales, vulgares plazas, patios y mentideros. Señores. Encontraron luego unas grandes acémilas, atadas unas á otras, siguiendo la que venía detrás las mismas huellas de la que iba delante, sucediéndola en todo, muy cargadas de oro y plata, pero gimiendo bajo la carga, cubiertas con reposteros bordados de oro y seda y aun algunas de brocados. Tremolaban en las testeras muchas plumas, que hasta las bestias se honraban con ellas. Movían gran ruido de pretales.
¿Si sería alguna destas?, dijo Critilo.
De ningún modo, respondió Egenio: éstos son, digo eran, grandes hombres, gente de cargo y de carga. Y aunque los ves tan bizarros, en quitándoles aquellos ricos jaeces, parecen llenos de feísimas llagas de sus grandes vicios, que los cubría aquella argentada brillantez.
¡Aguarda! ¿Si sería alguno destos otros, que van arrastrando carretas gruñidoras por lo villanas?