Dúdolo, que aquélla toda es gente de arbitrios y ejecuciones.

¿Ni entre los cisnes de los estanques?

Tampoco, que ésos son secretarios y consejeros, que, en cantando bien, acaban.

Allí veo un animal inmundo, que pródigamente se está volcando en la hediondez de un asquerosísimo cenagal y él piensa que son flores.

Deshonestos. Si alguno había de ser, era ése, respondió Egenio, que estos torpes y lascivos, anegados en la inmundicia de sus viles deleites, causan asco á cuantos hay y ellos tienen el cieno por cielo y, oliendo mal á todo el mundo, no advierten, antes tienen la hediondez por fragancia y el más sucio albañal por paraíso. Déjamelo reconocer de lejos. Ahora digo que no es él, sino un ricazo, que con su muerte ha de dar un buen día á los herederos y gusanos.

¿Qué es posible, se lamentaba Critilo, que no le podamos hallar entre tantos brutos como vemos, entre tanta bestia como topamos?

Ni arrastrando el coche de la ramera ni llevando en andas al que es más grande que él ni acuestas al más pesado ni al que va dentro de litera en mal latín y tan fuera della en buen romance ni acarreando inmundicia de costumbres.

¿Qué es posible que tanto desfiguren un hombre estas cortesanas Circes? ¿Que así puedan dementar los hijos, haciendo perder el juicio á sus padres? ¿Que no se contenten con despojarlos de los arreos del cuerpo; sino de los del ánimo, quitándoles el mismo ser de personas? Y díme, Egenio amigo, cuando le hallásemos hecho un bruto, ¿cómo lo podríamos restituir á su primer ser de hombre?

Ya que le topásemos, respondió. Que eso no sería muy dificultoso. Muchos han vuelto en sí perfectamente; Apuleyo. aunque á otros siempre les queda algún resabio de lo que fueron. Apuleyo estuvo peor que todos y con la rosa del silencio curó.

¡Gran remedio de necios! Si ya no es que, rumiados los materiales gustos y considerada su vileza, desengañan mucho al que los masca.