Los camaradas de Ulises estaban rematadas fieras y, comiendo las raíces amargas del árbol de la virtud, cogieron el dulce fruto de ser personas. Daríamosle á comer algunas hojas del árbol de Minerva, Duque
de Orleans.
que se halla muy estimado en los jardines del culto y erudito duque de Orleans. Y si no, las del moral prudente, que yo sé que presto volvería en sí y sería muy hombre.

Habían dado cien vueltas con más fatiga, que fruto, cuando dijo Egenio:

¿Sabes qué he pensado? Que vamos á la casa donde se perdió, que entre aquel estiércol habemos de hallar esta joya perdida.

Fueron allá, entraron y buscaron.

¡Eh!, que es tiempo perdido, decía Critilo. Que ya yo le busqué por toda ella.

Aguarda, dijo Egenio. Déjame aplicar mi sexto sentido, que es único remedio contra este sexto achaque.

Advirtió, que de un gran montón de suciedad lasciva salía un humo muy espeso.

Aquí, dijo, fuego hay.

Y apartando toda aquella inmundicia moral, apareció una puerta de una horrible cueva. Abriéronla no sin dificultad y divisaron dentro á la confusa vislumbre de un infernal fuego muchos desalmados cuerpos, tendidos por aquellos suelos. Había mozos galanes de tan corto seso, cuan largo cabello. Hombres de letras; pero necios. Hasta viejos ricos tenían los ojos abiertos; mas no veían. Otros los tenían vendados con malpiadosos lienzos. En los más no se percibía otro que algún suspiro. Todos estaban dementados y adormecidos y tan desnudos, que aun una sábana no les había dejado siquiera para mortaja.

Yacía en medio Andrenio, tan trocado, que el mismo Critilo, su padre, le desconocía. Arrojóse sobre él llorando y voceándole; pero nada oía. Apretábale la mano; mas no le hallaba ni pulso ni brío. Advirtió entre tanto Egenio que aquella confusa luz no era de antorcha, sino de una mano, que de la misma pared nacía, blanca y fresca, adornada de hilos de perlas, que costaron lágrimas á muchos, coronados los dedos de diamantes muy finos, á precio de falsedades. Ardían los dedos como candelas; aunque no tanto daban luz, cuanto fuego que abrasaba las entrañas.