Aquélla es una rica joyería, dijo Egenio. Vamos allá. Feriaremos algunas piedras preciosas, que ya en ellas solas se hallan las virtudes y la fineza.
Duque de
Villahermosa. Entraron y hallaron en ella al discretísimo duque de Villahermosa, que estaba actualmente pidiendo al lapidario le sacase algunas de las más finas y de más estimación.
Dijo que sí, que tenía algunas bien preciosas.
Y cuando aguardaban todos algún cajón del Oriente, los diamantes al tope, las esmeraldas, que alegran por lo que prometen y todas por lo que dan, sacó un pedazo de azabache tan negro y tan melancólico, como él es, diciendo:
Ésta, señor excelentísimo, es la piedra más digna de estimación de cuantas hay. Ésta la de mayor valor. Aquí echó la naturaleza el resto, aquí el sol, los astros y los elementos se unieron en influir fineza.
Quedaron admirados de oir tales exageraciones nuestros feriantes; pero callaban donde el discreto duque estaba y él les dijo:
Señores, ¿qué es esto? ¿Éste no es un pedazo de azabache? ¿Pues qué pretende este lapidario con esto? ¿Tiénenos por indios?
Ésta, volvió á decir el mercader, es más preciosa que el oro, más provechosa que los rubíes, más brillante que el carbunclo. ¿Qué tienen que ver con ella las margaritas? Ésta es la piedra de las piedras.
Aquí, no pudiéndolo ya sufrir el de Villahermosa, le dijo:
Señor mío, ¿éste no es un trozo de azabache?