Sí, á vos.

No me han dicho sino que tuviese paciencia.

¡Oh, qué lindo!, dijo el mercader, dando una gran risada. Pues, señor mío, esa es la preciosa mercadería. Ésa es la que prestamos y ésa es el remedio único para cuantos males hay. Y quien no la tuviere, desde el rey hasta el roque, váyase del mundo. Tanto valí, cuanto sufrí.

Aquí lo que se vende, decía otro, no hay bastante oro ni plata en el mundo para comprarlo.

¿Pues quién feriará?

Quien no la pierda, respondieron.

¿Y qué cosa es?

La libertad.

Gran cosa, aquello de no depender de voluntad ajena y más de un necio, de un modorro. Que no hay tormento como la imposición de hombres sobre las cabezas.

Entró un feriante en una tienda y díjole al mercader le vendiese sus orejas. Riéronlo mucho todos; sino Egenio, que dijo: