Es lo primero, que se ha de comprar. No hay mercadería más importante. Y pues habemos feriado lenguas para no hablar, compremos aquí orejas para no oir y unas espaldas de ganapán ó molinero.

Hasta el mismo vender hallaron se feriaba, porque saber uno vender sus cosas vale mucho, que ya no se estima por lo que son, sino por lo que parecen. Los más de los hombres ven y oyen con ojos y oídos prestados: viven de información de ajeno gusto y juicio.

Repararon mucho en que todos los famosos hombres del mundo, el mismo Alejandro en persona, que lo era, Señor
don Juan
de Austria.
dos Césares, Julio y Augusto y otros deste porte y de los modernos el invicto señor don Juan de Austria, frecuentaban mucho una botica en que no había letrero.

Llevólos á ella su mucha curiosidad. Preguntaron á unos y á otros qué era lo que allí se vendía y nadie lo confesaba. Creció más su deseo. Advirtieron que los sabios y entendidos eran los mercaderes.

Aquí gran misterio hay, dijo Critilo.

Llegóse á uno y muy en secreto le preguntó qué era lo que allí se vendía.

Respondióle: No se vende; sino que se da por gran precio.

¿Qué cosa es?

Aquel inestimable licor, que hace inmortales á los hombres, y entre tantos millares como ha habido y habrá los hace conocidos, quedando los demás sepultados en el perpetuo olvido, como si nunca hubiera habido tales hombres en el mundo.

¡Preciosísima cosa!, exclamaron todos. ¡Oh qué buen gusto tuvieron Francisco I de Francia, Matías Corvino y otros! Decidnos, señor, ¿no habrá para nosotros siquiera una gota?