Sí la habrá, con que deis otra.

¿Otra, de qué?

De sudor propio, que, tanto cuanto uno suda y trabaja, tanto se le da de fama y de inmortalidad.

Pudo bien Critilo feriarla y así les dieron una redomilla de aquel eterno licor. Miróla con curiosidad y, cuando creyó sería alguna confección de estrellas ó alguna quinta esencia del lucimiento del sol y de trozos de cielo alambicados, halló era una poca tinta mezclada con aceite. Quiso arrojarla; pero Egenio le dijo:

No hagas tal y advierte que el aceite de las vigilias de los estudiosos y la tinta de los escritores, juntándose con el sudor de los héroes y tal vez con la sangre de las heridas, fabrican la inmortalidad de su fama. Desta suerte la tinta de Homero hizo inmortal á Aquiles, la de Virgilio á Augusto, la propia á César, la de Horacio á Mecenas, la de Jovio al Gran Capitán, la de Pedro Mateo á Enrique IV de Francia.

¿Pues cómo todos no procuran una excelencia como ésta?

Porque no todos tienen esa dicha ni ese conocimiento.

Vendía Tales Milesio obras sin palabras y decía que los hechos son varones y las palabras hembras.

Horacio carecía especialmente de ignorancia y aseguraba ser la sabiduría primera.

Pitaco, aquel otro sabio de la Grecia, andaba poniendo precios á todos y muy moderados, igualando las balanzas, y en todas partes encargaba su Ne quid nimis.