Unos decían eran mercedes; otros, que presentes destos tiempos.

Sin duda, dijo Andrenio, que aquí se da tarde, que es tanto como no dar.

No será, sino que se pide lo que se da, replicó Critilo: que es muy caro lo que cuesta la vergüenza de pedir y mucho más el exponerse á un no quiero.

Pero Egenio averiguó eran dádivas del villano mundo.

Hacienda. ¡Oh, qué mala mercadería!, gritaba uno á una puerta.

Y con todo eso no cesaban de entrar á porfía y los que salían todos decían:

¡Oh, maldita hacienda! Si no la tenéis, causa deseo; si la tenéis, cuidado; si la perdéis, tristeza.

Pero advirtieron había otra botica llena de redomas vacías, cajas desiertas, y con todo eso muy embarazada de gente y de ruido. Á este reclamo acudió luego Andrenio.

Preguntó qué se vendía allí, porque no se veía cosa, y respondiéronle que viento, aire y aun menos.

¿Y hay quien lo compre?