De modo, que aún no llega á ser aire lo que os cuesta tan caro á vos y á él.
Gastaba un gran príncipe sus rentas en truhanes y bufones y decía que gustaba mucho de sus gracias y donaires.
Desta suerte se vendían tan caros puntillos de honra, el modillo, el airecillo y el donaire.
Pero lo que les espantó mucho fué ver una mujer tan fiera, que pasaba plaza de furia infernal, de harpía en arañar á cuantos llegaban á su tienda y gritaba:
¿Quién compra? ¿Quién compra pesares, quebraderos de cabeza, quitasueños, rejalgares, malas comidas y peores cenas?
Entraban ejércitos enteros y era lo malo que, haciendo alarde, salían pasando crujía y los que vivos, Marqués
del Borro. que eran bien pocos, salían corriendo sangre, más acribillados de heridas que un marqués del Borro. Y con verlos, no cesaban de entrar los que de nuevo venían.
Estábase Critilo espantado, mirando tal atrocidad y díjole Egenio:
Sabe que cuantos males hay le ponen algún cebillo al hombre para pescarle: la codicia oro, la lujuria deleites, la soberbia honras, la gula comidas, la pereza descansos; sólo la ira no da sino golpes, heridas y muertes y con todo eso tantos y tontos la compran tan cara.
Pregonaba uno: Aquí se venden esposas.
Llegaban unos y otros, preguntando si eran de hierro ó mujeres.