Convidábanle á un mozo que tomase esposa y respondió:
Aún es temprano.
Y un viejo: Ya es tarde.
Discreción. Otro, que se picaba de discreción, pidió una que fuese entendida. Buscáronle una feísima, toda huesos y que todos le hablaban.
Venga una, señor mío, que sea muy igual en todo, dijo un cuerdo: porque la mujer, me aseguran, es la otra mitad del hombre y que realmente antes eran una misma cosa entrambos; mas que Dios los separó, porque no se acordaban de su divina Providencia. Y que esta es la causa de aquella tan vehemente propensión, que tiene el hombre á la mujer, buscando su otra mitad.
Casi tiene razón, dijeron; pero es cosa dificultosa hallarle á cada uno su otra mitad. Todas andan barajadas comúnmente. La del colérico damos al flemático, la del triste al alegre, la del hermoso al feo y tal vez la del mozo de veinte años al caduco de setenta: ocasión de que los más vienen arrepentidos.
Pues eso, señor casamentero, dijo Critilo, no tiene disculpa, que bien conocida es la desigualdad de quince años á setenta.
¿Qué queréis? Ellos se ciegan y lo quieren así.
Pero ellas ¿cómo pasan por eso?
Es, señor, que son niñas y desean ser mujeres y, si ellos caducan, ellas niñean. El mal es que, en no teniendo mocos, no gustan de gargajos. Mas eso no tiene remedio. Tomad ésta, conforme la deseáis.