Acertadamente discurría quien comparaba el vivir del hombre al correr del agua, cuando todos morimos y como ella nos vamos deslizando. Es la niñez fuente risueña. Nace entre menudas arenas, que de los polvos de la nada se hacen los lodos del cuerpo. Sale tan clara como sencilla. Ríe lo que no murmura, bulle entre campanillas de viento, arrúllase entre pucheros y cíñese de verduras que la fajan.

Precipítase ya la mocedad en un impetuoso torrente, corre, salta, se arroja y despeña, tropezando con las guijas, rifando con las flores. Va echando espumas, se enturbia y se enfurece.

Sosiégase ya río en la varonil edad. Va pasando tan callado, cuan profundo, caudalosamente vagaroso. Todo es fondos, sin ruido. Dilátase espaciosamente grave, fertiliza los campos, fortalece las ciudades, enriquece las provincias y de todas maneras aprovecha.

¡Mas ay! que al cabo viene á parar en el amargo mal de la vejez, abismo de achaques, sin que le falte una gota. Allí pierden los ricos sus bríos, su nombre y su dulzura. Va á orza el carcomido bajel, haciendo agua por cien partes y á cada instante zozobrando entre borrascas tan deshechas, que le deshacen, hasta dar al través con dolor y con dolores en el abismo de un sepulcro, quedando encallado en el perpetuo olvido.

Aragón,
buena España.
Hallábanse ya nuestros dos peregrinos del vivir, Critilo y Andrenio, en Aragón, que los estranjeros llaman la buena España, empeñados en el mayor reventón de la vida. Acababan de pasar sin sentir, cuando con mayor sentimiento, los alegres prados de la juventud, lo ameno de sus verduras, lo florido de sus lozanías y, subiendo la trabajosa cuesta de la edad varonil, llena de asperezas, si no malezas, emprendían una montaña de dificultades.

Hacíasele muy cuesta arriba á Andrenio, como á todos los que suben á la virtud, que nunca hubo altura sin cuesta. Iba afanando y aun sudando. Animábale Critilo con prudentes recuerdos y consolábale en aquella esterilidad de flores con la gran copia de frutos, de que se veían cargados los árboles. Pues tenían más que hojas, contando las de los libros. Subían tan altos, que les pareció señoreaban cuanto contiene el mundo, muy superiores á todo.

¿Qué te parece desta nueva región?, dijo Critilo. ¿No percibes qué aires estos tan puros?

Así es, respondió Andrenio. Paréceme que ya llevamos otros aires. ¡Qué buen puesto éste para tomar aliento y asiento! Que ya es tiempo de tenerle.

Pusiéronse á contemplar lo que habían caminado hasta hoy.

¿No atiendes qué de verduras dejamos atrás, tan pisadas, como pasadas? ¡Cuán bajo y cuán vil parece todo lo que habemos andado hasta aquí! Todo es niñería, respecto de la gran provincia que emprendemos. ¡Qué humildes y qué bajas se reconocen todas las cosas pasadas! ¡Qué profundidad tan notable se advierte de aquí allá! Despeño sería querer volver á ellas. ¡Qué pasos tan sin provecho, cuantos habemos dado hasta hoy!