Ojo á la carga
y al cargo.
¡Qué bien lo entiendes!, dijo Argos. Éstos son más importantes, los que más estimaba don Fadrique de Toledo.

¿Pues para qué valen?

Para mirar un hombre la carga que se echa á cuestas y más si se casa ó se arrasa, al aceptar el cargo y entrar en el empleo. Ahí es el ver y tantear la carga, mirando y remirando, midiéndola con sus fuerzas, viendo lo que pueden sus hombros. Que el que no es un Atlante ¿para qué se ha de meter á sostener las estrellas? Y el otro, que no es un Hércules, ¿para qué se entremete á sustituto del peso de un mundo? Él dará con todo en tierra.

¡Oh, si todos los mortales tuviesen destos ojos! Yo sé que no se echarían tan á carga cerrada las obligaciones, que después no pueden cumplir. Y así andan toda la vida gimiendo con la carga incomportable: el uno de un matrimonio, sin patrimonio; el otro del demasiado punto, sin coma; éste con el empeño en que se desempeña y aquél con el honor, que es horror. Estos ojos humerales abro yo primero muy bien, antes de echarme la carga á cuestas; que el abrirlos después no sirve sino para la desesperación ó para el llanto.

¡Oh, cómo tomaría yo otros dos, dijo Critilo, no sólo para no cargar de obligaciones, pero ni aun encargarme de cosa alguna, que abrume la vida y haga sudar la conciencia!

Yo confieso, que tienes razón, dijo Andrenio, y que están bien los ojos en los hombros, pues todo hombre nació para la carga. Ojo al arrimo. Pero díme: esos, que llevas en las espaldas ¿para qué pueden ser buenos? Si ellas de ordinario están arrimadas ¿de qué sirven?

Y aun por eso, respondió Argos: para que miren bien dónde se arriman. ¿No sabes tú que casi todos los arrimos del mundo son falsos, chimeneas tras tapiz, que hasta los parientes falsean y se halla peligro en los mismos hermanos? Maldito el hombre, que confía en otro, y sea quien fuere. ¿Qué digo amigos y hermanos? De los mismos hijos no hay que asegurarse y necio del padre, que en vida se despoja. No decía del todo mal quien decía que vale más tener que dejar en muerte á los enemigos, que pedir en vida á los amigos. Ni aun en los mismos padres hay que confiar, que algunos han echado dado falso á los hijos y ¡cuántas madres hoy venden las hijas!

Hay gran cogida de falsos amigos y poca acogida en ellos. Ni hay otra amistad, que dependencia. Á lo mejor falsean y dejan á un hombre en el lugar, en que ellos le metieron. ¿Qué importa que el otro os haga espaldas en el delito, si no os hace cuello después en el degüello?

Buen remedio, dijo Critilo, no arrimarse á cabo alguno, estarse solo, vivir á lo filósofo y á lo feliz.

Rióse Argos y dijo: